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LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, SUS PELIGROS Y ALCANCES

domingo, 26 de agosto de 2012

La masonería

Autor: Magdalena del Amo, periodista

No es mi intención escribir a fondo sobre la masonería. Entre otras razones porque ya hay especialistas que lo hacen, y en segundo lugar porque es difícil sintetizar en un artículo, qué es, de dónde viene y a dónde va una de las organizaciones más interesadas - desde siempre - en minar el poder de la Iglesia y su mensaje trascendente. Por ello, sin entrar en los hitos en los que tuvo parte activa a lo largo de la historia, sí conviene dar una pincelada, aunque sea en tonos pastel, sobre esta sociedad secreta cuyos métodos se hacen visibles en los tiempos de crisis y convulsión que previamente ha ido creando.

Me mueven a escribir sobre este tema, las argumentaciones que últimamente están apareciendo en pro de la secta, dándole un rango de normalidad que no tiene, insistiendo en sus razones filantrópicas que no son tales, e intoxicando con falsas aseveraciones sobre el pensamiento de la Iglesia al respecto y la pertenencia a la masonería de algunos papas. Entre estos mensajeros incluimos al exbanquero Mario Conde. Él difunde en sus entrevistas algunos puntos que intentaré refutar: 1) que los dos últimos papas aceptaron la masonería; 2) que hay católicos masones y masones católicos, sobre todo entre la jerarquía; 3) que la Logia de Londres encarna a la masonería teísta en contraposición a otras masonerías de la izquierda; 4) las Constituciones de Anderson; y 5) la masonería en España en el siglo XVIII y el Conde de Aranda. Cuando el exbanquero pontifica sobre alguno de estos puntos, el oyente o telespectador pasivo está siendo engañado o, cuando menos, manipulado. Nuestra pretensión es arrojar un poco de luz, pero antes de entrar en el meollo, y con vistas a una mejor comprensión, conviene retrotraernos a los gnósticos y su doctrina, auténtico germen de la masonería, que aglutinaría el corpus del maniqueísmo, la cábala y otras derivadas.

Los gnósticos, matriz de las sectas iluministas

El gnosticismo cristiano tiene su origen en el gnosticismo pagano. El texto gnóstico más antiguo es Eugnosto el beato, anterior a Cristo. Es un conjunto de creencias sincréticas de naturaleza religiosa y filosófica que se conforma antes de la era cristiana como consecuencia de las conquistas de Alejandro Magno y luego de Roma, y la fusión de ideas orientales y occidentales. Antes del cristianismo, la gnosis estaba establecida en Palestina, Siria y Egipto. Hacia el siglo II d. de C. surgieron las primeras manifestaciones gnósticas dentro del cristianismo. El gnosticismo samaritano fue fundado por Simón Mago, personaje citado en los Hechos de los apóstoles en el Nuevo Testamento. Su objetivo era destruir el cristianismo. Se jactaba de tener el poder de hacer milagros, como Jesús, pero fue desenmascarado y acusado de practicar magia negra. Fue el primer excomulgado de la Iglesia. Destruir el mensaje de Cristo iba a ser el objetivo de las distintas corrientes a lo largo de la historia, siempre del lado de los poderosos, para acabar con la Iglesia. Sin embargo, nunca tuvieron un gran apoyo popular. A Simón Mago se han referido en sus escritos san Justino y san Hipólito.

Según esta doctrina, de una unidad primordial denominada pleroma surge el mundo. De esta divinidad suprema emanan los eones o entidades divinas de los dos sexos dispuestos en jerarquía hasta llegar a la materia. Entre estos eones se encontraría Abraxas, espíritu negativo creador de la materia, relacionada con el mal, el Dios creador bíblico y Cristo, instrumento de salvación, pero diferente a la concepción cristiana. Es un sistema dualista, es decir, considera que hay dos dioses, uno bueno creador del bien (el espíritu) y otro malo, creador de la materia. Sostiene el gnosticismo que los seres humanos no son todos de la misma naturaleza. Por tanto no todos se pueden salvar. Se dividirían en tres grupos. Los puramente materiales o hylikoi, que no se pueden salvar; los animales, psykhikoi, que mediante el esfuerzo ético pueden conseguir una salvación incompleta; y los espirituales o pneumatikoi que serían los únicos elegidos para la inmortalidad.

De acuerdo con esta doctrina, Cristo no sería necesario para la salvación. Eso sería una patraña esotérica para el vulgo. La doctrina secreta del Cristo o Ungido estaba reservada a esta élite que se consideraba como “testigos especiales” de Cristo con acceso al conocimiento divino a través de la gnosis. Los elegidos se salvarían a través de la gnosis o conocimiento, conocimiento introspectivo de lo divino, que es superior a la fe. La salvación no sería una cuestión de amor de la divinidad hacia los hombres sino una prerrogativa que poseen los seres humanos dotados de alma. Sólo ellos tendrían acceso a este conocimiento y sólo ellos se salvarían. El gnosticismo sería una mística secreta de salvación. Esta idea fue heredada por otras doctrinas discriminadoras de unos hombres en desmedro de otros.

La cosmovisión gnóstica es incompatible con la Iglesia. Uno de los puntos irreconciliables es que los gnósticos negaban la doble naturaleza de Jesús, divina y humana, fundamento de la Revelación, de la liberación y de la salvación. De acuerdo con esto, Jesús habría adoptado una suerte de corporeidad para hacerse visible. Otra de las características de este grupo es el establecimiento de jerarquías humanas. Arriba estarían los iniciados, con acceso al conocimiento; después los que tienen alma y se pueden salvar siguiendo las consignas de los anteriores; y en lo más bajo, las personas sin alma, que nunca pueden llegar a salvarse.

El concepto dualista de los gnósticos fue heredado por Marción, y más tarde por el protestantismo, por los cátaros, seguidores de Mani, y por la masonería. Marción fue un rico magnate naviero que llegó a Roma alrededor del 140 d. de C. Fue obispo pero sus ideas le llevaron a la excomunión. De la lista de libros bíblicos que recopiló, excluía el Antiguo Testamento en su totalidad. Quiso comprar ala Iglesia por 200.000 sestercios a cambio de que ésta adoptara las ideas gnósticas.

Basílides fue uno de los heresiarcas más intrigantes de los primeros siglos. Sus ideas tenían gran influencia del pensamiento egipcio y helenístico. De él dijo san Ireneo que predicaba una herejía odiosa. Sostenía que la crucifixión había sido un fraude; que Jesús no había muerto en la Cruz sino que en su lugar habían crucificado a Simón de Cirene que había ocupado su lugar. (En el siglo VII, el Corán sostenía esta teoría, modernamente varios autores escribieron sobre lo que denominaron “El complot de Pascua”. Hay incluso un bochornoso texto gnóstico de los papiros de Naj´ Hammadi, encontrados en el Alto Egipto en una vasija de arcilla en 1945, que narra las palabras de Jesús, mofándose y riéndose del engaño). Su discípulo, Carpócrates, defendía que el mundo había sido creado por ángeles caídos desposeídos de su naturaleza divina y que Cristo era un hombre extraordinario, pero negaba su divinidad. Pretendía demostrar la reencarnación citando el Evangelio de san Marcos. (Esta creencia es la parte esencial de todas las religiones orientales, como el confucionismo, el shintoismo y las diferentes escisiones del hinduismo, entre ellas el budismo y el jainismo. Algunos filósofos griegos como Pitágoras o Platón también la defendieron. Según esta doctrina, los seres humanos han ido evolucionando a partir de la materia, pasando por diferentes estadios. Los reencarnacionistas creen en la ley de causa y efecto, es decir en el karma.

Nuestras acciones buenas y malas se irían acumulando en el libro de la vida y de ello dependería nuestra siguiente reencarnación. Su máximo precepto es la recta acción. Entre los creyentes en la reencarnación se mantiene la opinión generalizada de que los primitivos cristianos también creían en la transmigración de las almas. Arguyen que se retiraron cuidadosamente del Evangelio las partes en las que Jesús alude a ello. Sin embargo, esta afirmación no resiste un análisis histórico riguroso. Los expertos en filología neotestamentaria manifiestan que no existe un solo texto que en el original pudiera aludir a ello, ni en los sinópticos ni en los apócrifos). Otro personaje gnóstico muy importante fue Valentín de Alejandría, que se distinguió por su activo papel en la Iglesia, llegando incluso a estar cerca de ser nombrado obispo de Roma. Su credo era una especie de sincretismo entre dogmas cristianos, tradiciones judías y persas, y teorías platónicas. A sus discípulos se atribuye la redacción de la Pistis Sophia, Evangelio de Valentino o Biblia gnóstica. El gnosticismo fue combatido, entre otros, por Tertuliano, san Justino y san Ireneo, obispo de Lyón. Éste lo declaró herejía en el año 180 d. C.

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la masonería? ¿Qué trascendencia puede tener para lo que nos ocupa ahora, que los gnósticos del siglo II creyeran que Cristo era Dios pero no hombre? ¿Qué puede importarnos la herejía de Marción, personaje a quien casi nadie conoce, a la hora de analizar la masonería en el mundo actual? Pues mucho más de lo que parece, pues, desde sus comienzos, y a lo largo de la historia, los poderosos siempre han querido dividir a la Iglesia - y lo han conseguido -, para destruirla - nunca lo conseguirán-, temerosos de que el mensaje liberador de Cristo se extendiese por todo el mundo. Por eso siempre han financiado herejías y cismas.

Hoy, los enemigos de la Iglesia siguen ahí. Continúan luchando contra ella, amparados en leyes, defendiendo los antivalores, utilizando para ello los medios de comunicación, la mayor parte en su poder.

El maniqueísmo fue la herejía más radical de los primeros siglos. El nombre de esta secta se debe a su fundador Mani, que vivió en el siglo III d. de C. Su doctrina era una fusión de cristianismo gnóstico y de elementos zoroástricos y mitraicos. Los maniqueos creían que el mundo está regido por dos principios, el bien y el mal, representados por Ormuz (la luz) y Ahriman (las tinieblas). Zoroastro sería su profeta. Esta idea de la dualidad fue el origen de herejías como el priscilianismo y el catarismo. Los cátaros, considerados a sí mismos espíritus puros - de ahí su nombre - eran defensores de la eutanasia activa. Practicaban un ritual suicida denominado “endura”. Para ello tenían que pasar cuatro años viviendo en una cueva en condiciones infrahumanas para alcanzar la purificación. Después, tras recibir el Consolamentum, una especie de bautismo de fuego que era el marchamo para la muerte, se tumbaban en el suelo y se dejaban morir de inanición. Esta secta es conocida también con el nombre de “albigenses” porque resurgieron en la región francesa de Albi en el siglo XII. El papa Inocencio III declaró el catarismo como herejía y hubo contra ellos una cruzada.

Los cátaros son un tema muy apreciado por ocultistas, sobre todo, después de que los nazis, recopiladores de todas las herejías y cultos esotérico-paganos, con sus rituales correspondientes, acogieran algunos de los postulados de Mani, y por extensión, del catarismo. Fue en las filas del nazismo donde, sin ninguna base histórica, se creó el mito de “Mani crucificado” con el fin de ofrecer una alternativa a Cristo, que no tuviera origen judío. Hitler atrajo al nacionalsocialismo a expertos en diversas ramas del ocultismo. A Otto Rhan, que moriría a los 35 años suicidado por el método de la endura cátara en las cuevas entre Ussat y Ornolac, lo envió a Rennes le Château, en plena zona cátara, en busca del Santo Grial.

La masonería recogió más tarde las tradiciones esotérico-religiosas y a través de alguna de sus logias, entre ellas la transalpina, han elaborado una jugosa propaganda contra de la divinidad de Cristo. De ahí, en concreto de un organismo llamado Priorato de Sión, parte la falsa documentación que sirvió de inspiración a los libros El enigma sagrado, Jesús o el secreto mortal de los Templarios o el horrendo Código da Vinci. A través de ellos se expande la teoría disparatada del desembarco de la Virgen María en Marsella y del matrimonio entre Jesús y María Magdalena, de los que descendería la dinastía Merovingia. El disparate no puede ser mayor, pero, más allá de lo que comercialmente supone un best seller para una editorial, hay una intencionalidad en la publicación de estos libros: confundir y hacer dudar a los tibios católicos y afianzar en su error a los que no lo son.

La “cábala” o “qabbahla”

La cábala es un corpus de teorías que, según sus seguidores, constituye la auténtica verdad del Antiguo Testamento expresada a través de símbolos y alegorías. Fue creada en el siglo XII pero sus adeptos pretenden que fue transmitida a los iniciados por los patriarcas y profetas desde la creación del mundo. Según los cabalistas, solo ellos pueden estar en posesión de la verdad y conocer todos los misterios de Dios. Sus libros principales son el Libro de la Creación y el Zóhar, llamado también Biblia de los cabalistas.

Su sistema cosmogónico se compone de un Dios Arquitecto del Universo que se manifiesta a través de diez potencias o sephirot. Una de estas potencias sería el Demiurgo, el Abraxas de los gnósticos, creador del mal. Los cabalistas creen en la existencia del alma antes del nacimiento y que vuelve a Dios a través de las reencarnaciones sucesivas. No creen en Cristo ni en la redención. En cuanto a la salvación, sostienen que solo se consigue a través del conocimiento, es decir, de sus enseñanzas esotéricas a los que tienen acceso solo los elegidos. Como muchas sectas actuales, derivadas de ella, creen que el Mesías vendrá al fin de los tiempos. El símbolo de la Cábala es el Diagrama de Sephirot o de los Atributos divinos, utilizado también por la masonería y otros grupos satánicos y luciferinos.

Lutero y Calvino

En el siglo XV ocurrió la herejía protestante de la mano de Martín Lutero, un monje desequilibrado que recibió el apoyo económico de los poderosos y príncipes alemanes que luchaban contra el poder de Roma. Lutero, como buen seguidor de la ideología gnóstica, se oponía a la doctrina del libre albedrío que predica la Iglesia, según la cual todos los hombres pueden salvarse. Lutero afirmaba que el hombre nacía ya predestinado y que la salvación no dependía de sus acciones sino de la voluntad divina. Eliminó varios sacramentos y la creencia en la infalibilidad pontificia. La herejía fue condenada en el concilio de Trento.

Algunos de sus escritos sobre los judíos hacen sonrojarnos y ponen de manifiesto su fundamentalismo. Consideraba necesario y un bien social quemar las sinagogas y sus libros de oración, prohibir a sus rabinos predicar, confiscar sus bienes, condenarlos a trabajos forzados o expulsarlos e incluso asesinarlos. La Alemania del Tercer Reich, cuatro siglos después, cumplió a rajatabla la receta del monje agustino.

Calvino, fue aún más fanático. Asentó las tesis de Lutero sobre la predestinación pero fue más restrictivo en cuanto a usos y costumbres. Prohibió el teatro, el baile, las celebraciones, el alcohol, los bares, las joyas, los adornos y la ropa llamativa. El adulterio y la prostitución se castigaban con pena de muerte. Calvino convirtió Ginebra en un estado teocrático donde imperaba el terror. Contrariamente a Lutero, defendió a los judíos lo que propició su buena relación con los banqueros para luchar contra la Iglesia. Favoreció los préstamos con interés a los que le habían financiado creando así el embrión del sistema capitalista. Eso dice Max Weber en su libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Guillermo Buhigas en su obra Los Protocolos afirma que tiene razón el sociólogo, pero al revés: que fueron los ricachones iluministas quienes impulsaron una nueva religión que beneficiase sus planes de manipulación y sumisión. Porque esta religión, de la que derivaron mil sectas, arraigó sobre todo en el campesinado y en las clases bajas, y así sigue siendo en la actualidad.

La masonería: origen mítico y existencia real

Durante la Edad Media los constructores de catedrales, denominados “freemasons” en ingles, y “francmaçons” en francés, se reunían en logias, especie de galerías exteriores anejas a la construcción principal y así se fueron creando las diferentes hermandades. Algunos historiadores sostienen que los constructores de la catedral de Estrasburgo fueron los primeros que adoptaron el nombre de francmasones. Sin embargo, no existe ningún documento que lo corrobore. El origen de la masonería se basa únicamente en mitos. Las tradiciones más populares la hacen descender de Hiram Abiff, arquitecto del templo de Salomón o de Nemrod, constructor de Nínive, pero existen otros orígenes: los antiguos misterios, los colegios romanos de artífices, los cruzados, los rosacruces, los templarios y Oliver Cromwell, entre otros.

El origen de su implantación en Inglaterra está basado en la Carta de York, escrita en el año 925 atribuida al príncipe Edwin, que alude a su fundación en la ciudad inglesa en el siglo I antes de nuestra era por las legiones romanas, que la habría transformado en el centro de las hermandades. Pero esto es solo una leyenda. El primer documento conocido es el Regius Manuscript, escrito en 1390 en inglés antiguo que explica el recorrido de esta secta desde la Torre de Babel hasta su introducción en Inglaterra. Entre sus fantasías sostienen que Moisés y Noé fueron masones y así lo afirma el propio Libro de las Constituciones de Anderson, de 1723, que condensa la doctrina de la masonería moderna.

En el siglo XVIII, extinguida ya la logia de Estrasburgo, toma cuerpo en Londres la masonería simbólica o especulativa que, salvo el nombre, nada tenía que ver con las fraternidades gremiales, aunque sí tomó de las diferentes ideologías gnósticas la concepción de la dualidad, el corpus mitológico, legendario y simbólico, más otras leyendas medievales relacionadas con los rosacruces y los templarios, todo ello enmarcado en el periodo histórico de las Cruzadas. Que esto fuera así, tampoco se sostiene históricamente, pero es que en la masonería no existe historia sino mito e invenciones creadas para demostrar que es la transmisora de la verdad única. (Los Templarios siempre estuvieron rodeados de una aureola de misterio y leyenda. Sin ninguna base histórica se les considera poseedores de conocimientos ocultos traídos de oriente, idea fomentada por los enemigos de la Iglesia. Esta fue culpada injustamente de la condena a muerte en la hoguera del último maestre del Temple, Jacques de Molay, tal como demuestra el documento denominado Pergamino de Chinon, de 1312. Este documento era un borrador y nunca se promulgó. Nunca existió validación jurídico-canónica de este documento. Por tanto, el papa Clemente V no tuvo nada que ver en la condena a la hoguera de Jacques de Molay. El Vaticano publicó un documento en el 2007 que incluye las actas del Processus contra Templarios. (Se puede acceder a la información a través de internet en la página del Vaticano).

Es casi imposible seguir la pista de la masonería en línea recta, pues después del siglo XVI nos encontramos con varias ramas instaladas en diferentes lugares, que luchaban por ser la más antigua y, por tanto, la original. No vamos a entrar aquí en las luchas políticas libradas en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII en las que estuvo implicada la masonería, o mejor dicho las masonerías, es decir, logias que defendían intereses distintos, como es el caso de la simbólica o jacobita, del norte y la hannoveriana, o del sur. Esta división fue aprovechada por miembros no masones para infiltrarse y colocarse bajo el sol que mejor calentaba en aquel momento. La masonería simbólica se constituyó el 24 de junio de 1717 con la creación de la Gran Logia de Londres, hecho que tiene como causa la escisión surgida tres años antes por la llegada de Jorge I, protestante, de la dinastía extranjera de los Hannover al trono de Inglaterra, tras ser eliminado Jacobo Francisco, católico, último heredero de los Estuardo. Con la logia de Londres, a la que se habían unido previamente personajes no masones y miembros de la Royal Society – así se ponía fin a la desconfianza de la monarquía hacia la secta - , con ambición de medrar, se inicia la masonería moderna, la protestante, que arraiga en Inglaterra, mientras la tradicional jacobita se expande por el continente europeo, dejando un pequeño reducto en Escocia. (Según los historiadores, es más fiable el relato escocés que el inglés).

Al final, mediante traiciones y chantajes, la masonería especulativa de Londres acabaría por fagocitar a la facción católica. Una vez instalada en Inglaterra se extendió al resto de Europa y consiguió infiltrarse en las logias jacobitas del continente - para dirigirlas -, en el clero, en la alta sociedad, en la nobleza y en las casas reales, sobre todo en Inglaterra donde la autoridad suprema de la Iglesia es el Rey. El duque de Montagu fue el primer Gran Maestro.

La Gran Logia de Londres recopiló las tradiciones y la documentación existente y creó todo un cuerpo de doctrina que sería a partir de ese momento su norma de actuación. Si en la antigüedad los masones estaban obligados a practicar la religión oficial de los países donde vivían - como una táctica para pasar inadvertidos - , las Constituciones señalan que el credo religioso sea libre y abogan por un teísmo sincrético. Anderson toma como base el texto de la carta de Aprobación basada en escritos antiguos pero suprimió la invocación a la Trinidad y las referencias a la fe cristiana. Los masones actuales, cuando se les tilda de ateos y laicistas suelen aludir al texto de dicho documento: “… un masón, si entiende correctamente el arte, nunca será un ateo estúpido ni un libertino irreligioso”. Proclaman la idea de “ciudadanía universal”, base para lo que dos siglos después devendría en el Nuevo Orden Mundial e introducen el concepto de “obediencia masónica”, clave para su supervivencia y poder. A partir de la de Londres, en el siglo XIX se constituye la Gran Logia Madre de la Masonería, tal como se conoce hoy, y una logia superior formada por una jerarquía minoritaria denominada “Emulation Lodge of Improvement”, que fija las directrices y políticas a seguir.

La Masonería siempre estuvo en la política activa e incluso en la Iglesia. Muchos hechos de importancia decisiva en la historia del mundo se gestaron en las filas de los masones: la revolución francesa, la americana, la rusa, la independencia de las naciones centro y sudamericanas - precedidas de sangrientas guerras - , el nazismo o la aniquilación del Imperio español son algunos ejemplos. No se entiende la historia de Estados Unidos sin la actuación de la masonería. Un país surgido de la nada que tras exterminar a los indios y diezmarlos con pestes, en dos siglos regiría los destinos del mundo, gracias a sus presidentes masones y a la ayuda de gobiernos masónicos, el de Francia y el de España, entre ellos. En España, siguiendo el cumplimiento de la prohibición del papa Clemente XII sobre la masonería, aún no se había instalado. Esto no se produciría hasta unas décadas después con la invasión napoleónica. Napoleón fusionó las dos facciones de la masonería francesa: el Gran Oriente y el Rito escocés. Su hermano, José I, alias Pepe Botella, fue elegido Gran Maestro del Gran Oriente, antes de ocupar el trono de España. Sin embargo, ya había masones actuando en la sombra.

El Conde de Aranda, ministro masón de Carlos III, al que por cierto, siempre cita Mario Conde –y para bien—, le envía en 1783 al Rey una Memoria secreta sobre América, refiriéndose, claro está, a Estados Unidos, de la que extractamos estas palabras: “Esta república federal ha nacido pigmea, por decirlo así, y ha tenido necesidad de apoyo y de las fuerzas de dos potencias tan poderosas como la España y la Francia, para conseguir su independencia. Vendrá un día en que será un gigante, un coloso temible en esas comarcas. Olvidará entonces los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y no pensará más que en su engrandecimiento. […] Dentro de algunos años veremos con mucho dolor la existencia amenazadora del coloso de que hablo. El paso primero de esta potencia, cuando haya llegado a engrandecerse, será apoderarse de las Floridas para dominar el golfo de México. Después de habernos hecho de este modo dificultoso el comercio con la nueva España aspirará a la conquista de este vasto imperio que no nos será posible defender contra una potencia formidable, establecida sobre el mismo continente, y a más de eso limítrofe”. Curiosa la facultad clarividente del Conde de Aranda, que traicionó al rey Carlos III, que no era masón, como se desprende de su catalogación de la secta como “grandísimo negocio” y “secta perniciosa” enemiga del Imperio español. Entre otros disparates masónicos el Conde de Aranda consiguió intrigar para que se eliminase la Orden de los jesuitas.

Los masones se presentan como defensores del humanismo, la justicia y la libertad, en contraposición a la “presión” de la Iglesia sobre los individuos, sobre todo en determinados periodos oscuros. Pero a menudo, muchos de los que entran en sus filas, acaban desengañados, como el gran Gaspar Melchor de Jovellanos que, tras conocer los entresijos y las acciones de la secta, escribía alrededor de 1910 estas esclarecedoras palabras: “Una secta feroz y tenebrosa ha pretendido en nuestros días restituir los hombres a su barbarie primitiva, disolver como ilegítimos los vínculos de toda sociedad y envolver en un caos de absurdos y blasfemias todos los principios de la moral natural, civil y religiosa. Semejante sistema fue aborto del orgullo de unos pocos impíos, que, aborreciendo toda sujeción y dando un colorido de humanidad a sus ideas antisociales y antirreligiosas, enemigos de toda religión y de toda soberanía y, conspirando a envolver en la ruina de los altares y de los tronos todas las instituciones, todas las virtudes sociales, han declarado la guerra a toda idea liberal y benéfica, a todo sentimiento honesto y puro. La humanidad suena continuamente en sus labios, y el odio y la desolación del género humano brama secretamente en sus corazones”.

Este texto escrito hace dos siglos, cobra especial actualidad estos días en los que un laicismo agresivo trata de imponerse en la sociedad.

La masonería actual está impregnada del espíritu del luciferino de Albert Pike, por cierto, condenado por traición y fundador del ku-klux-klan. Pike interioriza la ideología gnóstica expresada por los cabalistas, los maniqueos y el paganismo precristiano y mitraico. Insiste en la adoración a la naturaleza, en especial al Sol y establece que Lucifer es el portador de la luz, personificado en el Baphomet. Así dice en su obra Moral y dogma: “¡Lucifer, el portador de la luz! ¡Extraño y misterioso nombre que da al espíritu de las tinieblas¡ ¡Lucifer, el hijo del amanecer¡ ¿Es aquel quien carga la Luz y con su intolerable esplendor, debilidad ciega, sensual o alma egoísta? ¡No lo dude! Pues tradicionalmente están llenas de Revelación Divina e Inspiración: Inspiración no es una Edad ni tampoco un credo. Platón y Filón también fueron inspirados”. Para negar la doble naturaleza de Jesús arguye que “la luz no se puede unir con las tinieblas, pero adoptó la apariencia del cuerpo humano y tomó el nombre de Cristo el Mesías, solo para acomodarse a sí mismo al lenguaje de los judíos. Él solo sufrió en apariencia”. ¿Y hay quien se atreve a decir que se puede ser católico y masón?

Queda patente que a lo largo de la historia, los gnósticos han reaparecido de manera más o menos velada o bajo diversos sellos y ha habido personajes influyentes al servicio de esta ideología que en la actualidad impregna no sólo los hechos relevantes de la política mundial, sino lo más elemental de nuestra vida cotidiana. Hoy el espíritu gnóstico está presente en la actual masonería y en las sectas e iglesias milenaristas auspiciadas por los illuminati, los bilderbergers, y en la cima de todo, la gran sinarquía iluminista, auténtica artífice del diseño de la configuración de la nueva sociedad o, dicho de otro modo, del Nuevo Orden Mundial.

¿Y por qué estas sectas odian a la Iglesia? La Iglesia fue perseguida desde sus inicios. La base del catolicismo son las enseñanzas de Cristo, al alcance de todos en los Evangelios. Frente a la falacia del gnosticismo, de que sólo se salvan los elegidos o los que alcanzan el conocimiento, según cabalistas y masones, Cristo nos dice que todos los hombres somos iguales y que todos nos podemos salvar siguiendo su mensaje. El catolicismo es una religión liberadora, en teoría y en la práctica. Frente a los símbolos y teorías cabalistas, el Sermón de la montaña y las Bienaventuranzas muestran el auténtico mensaje de Jesús.

Hemos querido hacer este pequeño enunciado de las sectas de los primeros siglos del cristianismo a partir de los gnósticos para hacer más comprensible el fenómeno de la masonería, las sectas y el laicismo agresivo que se está implantando en el mundo. A este respecto, cito las acertadas palabras que Juan Pablo II escribió en 1994 en su libro Cruzando el umbral de la esperanza: “Cuestión aparte es el renacimiento de las antiguas ideas gnósticas. […] No debemos engañarnos pensando que este movimiento pueda llevar a una renovación de la religión. Es solamente un nuevo modo de practicar la gnosis, es decir, esa postura del espíritu que, en nombre de un profundo conocimiento de Dios acaba por tergiversar su palabra sustituyéndola por palabras que son solamente humanas. La gnosis no ha desaparecido nunca del ámbito del cristianismo, sino que ha convivido siempre con él, a veces bajo la forma de corrientes filosóficas, más a menudo con modalidades religiosas o pararreligiosas, con una decidida aunque a veces no declarada divergencia con lo que es esencialmente cristiano”. Por si quedaba alguna duda.

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