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LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, SUS PELIGROS Y ALCANCES

jueves, 21 de agosto de 2008

El fin del mundo

“En los últimos días sobrevendrán tiempos difíciles, porque habrá hombres egoístas, avaros, orgullosos, altivos, maldicientes, rebeldes a los padres, hostiles, irreconciliables, desleales, calumniadores, disolutos, inhumanos, enemigos de todo lo bueno, traidores, protervos, henchidos, amadores de los placeres más que de Dios, que con una apariencia de piedad, están en realidad lejos de ella y que por exceso de maldad se enfriará la caridad de muchos”.

La doctrina cristiana del fin del mundo y la vida eterna

Dios quiso hacernos testigos de un acontecimiento significativo en la sufrida Rusia, cuando se derrumbó por sí solo, sin guerra ni levantamiento popular, el poder que combatía a Dios, después de 70 años de opresión. Referente a esto así como a los horrores del comunismo, predijeron los últimos ancianos de Optina y algunos rectos de la Rusia anterior a la Revolución. “Los ancianos de Optina”, Anatolio (Potapov, 1922), Nectario (Tikhonov, 1928), el hieromonje asceta Aristokli de Moscú (1918), el anciano Alexis (Zasimovsky) y otros. Es importante señalar, que según sus predicciones, el renacimiento espiritual de Rusia debería producirse no mucho antes del fin del mundo, aunque ellos no especificaban cuanto tiempo duraría ese “no mucho antes”. Sin embargo, los actuales acontecimientos mundiales –la superpoblación del globo terráqueo, la catastrófica contaminación de la naturaleza, el agotamiento de los recursos naturales y el cumplimiento de muchas predicciones de las Sagradas Escrituras, referentes a los últimos tiempos– nos llevan a pensar que el fin del mundo realmente no está muy lejos.

Hace 2000 años nuestro Señor Jesucristo expulsaba demonios. Ellos gritaban por las bocas de los poseídos: “¿Qué tienes Tú con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¡Viniste antes de tiempo a martirizarnos!”. No es menos interesante señalar que ahora, ante los intentos de exorcizar los demonios también gritan, pero algo completamente distinto: “¡Déjennos, ya que muy pronto llegara el Señor!”. Referente a esto da testimonio un estudioso protestante, el Dr. Kurt Koch, que ha escrito varios trabajos serios, en el área de la demonología, la parapsicología y los falsos milagros. Ver sus libros: “Entre Cristo y Satán” (Between Christ and Satan), “Lazo oculto y liberación” (Occult Bondage and Deliverance), “Demonología, pasado y presente” (Demonology, Pust and Present) y otros (Publicaciones Kregel, Gran Rapids, Michigan, U.S.A.). De esta manera todo indica que el día de la segunda venida de Cristo está cerca.

En este artículo vamos a mostrar los indicios básicos del acercamiento del fin del mundo y algunos rasgos de la personalidad del anticristo, vamos a descubrir la segunda venida de Cristo, la resurrección de los muertos, el temible Juicio y la vida futura, como nos enseñan las Sagradas Escrituras y expondremos la necesidad de estar siempre preparados para el encuentro con el Señor.

En espera de la segunda venida de Cristo

La meta de nuestra existencia terrenal es una sola: prepararnos para la vida eterna. La sabiduría cristiana consiste en aprovechar al máximo el precioso don del tiempo para asegurar la vida futura. Nuestro Señor Jesucristo, en muchos de sus preceptos exhortaba a sus discípulos a valorar el tiempo y vivir constantemente preparados para comparecer ante Dios y para dar cuenta de sus actos. Ver, por ejemplo, la descripción del Juicio Divino en el Evangelio según San Mateo (25:31-46); las parábolas del Salvador acerca de la cizaña (San Mateo 13:24-43), acerca de los siervos que están esperando a su señor (San Lucas 12:35-40), acerca del mayordomo infiel (San Lucas 16:1-13), de los invitados a la boda (San Lucas 14:16-24), de los talentos (San Mateo 25:14-30), de los jornaleros que recibieron la misma remuneración (San Mateo 20:1-16) y de las 10 doncellas (San Mateo 25:1-13).

“Velad –repetía el Señor– porque no sabéis cuándo llegará el Hijo del Hombre” (Mateo 24:42); esto significa que nuestra vida puede interrumpirse en el momento más inesperado. Éste será para ustedes el fin del mundo, es decir, el día del juicio y el principio de la eternidad.

Todos los hombres, en mayor o menor medida, temen a la muerte, sin embargo, los Apóstoles enseñaban a los cristianos a tener presente el futuro encuentro con Dios, porque reflexionar referente a esto ayuda a corregir la vida. “La Venida del Señor está cercana –escribe el santo Apóstol Santiago (Jacobo)–, mirad que el Juez está a las puertas” (Santiago 5:8-9).

Los primeros escritos cristianos demuestran que desde el tiempo de los Apóstoles los cristianos, con mucha atención, esperaban el pronto regreso a la Tierra de nuestro Señor Jesucristo. Esta expectativa se sostenía, por un lado, debido a la atmósfera de persecución y martirio que rodeaban sus vidas. La intensidad del acoso, a veces, les recordaba lo anunciado por el Salvador acerca de los últimos tiempos, cuando era imposible garantizar siquiera un solo día de tranquila existencia. Sería suficiente recordar al santo archidiácono Esteban, los santos apóstoles Pedro y Pablo, las santas mártires Fe, Esperanza, Amor y su madre Sofía, la santa y gran mártir Bárbara, el victorioso San Jorge y a otros gloriosos mártires, para convencerse de que la vida de los creyentes en los primeros tiempos del cristianismo estaba permanentemente en peligro. En las personas de los emperadores Nerón, Domiciano, Decio, Dioclesiano y otros perseguidores semejantes a ellos, los cristianos veían la imagen de la bestia apocalíptica. Por otro lado, muchos cristianos de los primeros tiempos, estaban tan inflamados por la fe y el empeño en llevar una vida recta, que la vuelta de Cristo a la Tierra se entendía no como el tiempo del Juicio y la rendición de cuentas, sino como un alegre encuentro con el Salvador, a Quien ellos amaban con todo su corazón. Ellos realmente deseaban la pronta llegada de Cristo.

Con el naufragio del paganismo, al principio del siglo IV, y el cese de las persecuciones, se debilitó en los cristianos el fervor espiritual y la espera del segundo advenimiento de Cristo se atemperó. Un estudio más sistemático de las Escrituras convenció a los teólogos que antes de la llegada del “Gran día del Señor”, en la vida de la humanidad deben cumplirse determinados procesos espirituales y sociales.

Las señales del segundo advenimiento de Cristo

Las Sagradas Escrituras no revelan exactamente el tiempo de la segunda venida de Cristo, sin embargo, nos indican una serie de señales determinadas por las cuales podemos deducir la relativa proximidad de ese día. Al concluir su enseñanza acerca del fin del mundo, el Señor Jesucristo dijo: “Aprended la parábola de la higuera: cuando sus ramos están tiernos y brotan las hojas, conocéis que el estío se acerca; así vosotros también, cuando veáis todas estas cosas, entended que el fin está próximo, a las puertas” (San Mateo 24:32-34); quiere decir que los mismos acontecimientos demostrarán hasta qué punto se aproximó el fin del mundo.

En los discursos del Salvador y los preceptos de los apóstoles, encontramos las siguientes “señales” sobre la inminencia del segundo advenimiento de Cristo:

a) La difusión universal del Evangelio. “Será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (San Mateo 24:14).

b) El extremado debilitamiento de la fe. Aunque la doctrina cristiana se conocerá universalmente, a la gente le será indiferente, de modo que “el Hijo del hombre, al venir, ¿encontrará fe en la tierra?” (San Lucas 18:8). De acuerdo con las palabras del santo apóstol Pablo, “llegará el tiempo en que los hombres no aceptarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas” (2 Tim. 4:3-4); es decir, que los hombres en lugar de interesarse por la verdad, preferirán lo que sea curioso y agradable de escuchar.

c) Surgirán falsos profetas y falsos mesías, quienes inducirán a los hombres a diversas sectas y cultos salvajes, adulando los bajos instintos de la multitud. En cuanto a los falsos maestros, el Señor previene a los fieles diciendo: “Cuidad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, y dirán ‘yo soy el Mesías’ y engañarán a muchos... no sigáis sus huellas... Se levantarán falsos mesías y falsos profetas, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si fuera posible, aun a los mismos elegidos. Mirad que os lo digo de antemano” (San Mateo 24:4-5, 24-25 y San Marcos 13:6). El libro del Apocalipsis describe los milagros del último falso profeta, y el santo apóstol Pablo explica que estos milagros no serán verdaderos sino sólo aparentes (Apoc. 13:13-15; 2 Tes. 2:9).

d) Conversión a Cristo del pueblo hebreo. De acuerdo con el apóstol Pablo, paralelamente con la masiva apostasía del cristianismo de muchos pueblos, tendrá lugar el retorno del pueblo hebreo a Cristo: “No quiero dejaros, hermanos, en ignorancia acerca de este misterio que la crueldad (incredulidad) estará en Israel sólo hasta cierto tiempo: hasta que entre (en la Iglesia) la totalidad de los gentiles; luego se salvará Israel entero (de los últimos tiempos), como está escrito: vendrá de Sión el Redentor y apartará la desgracia de Jacob... ¡Oh, profundidad de la riqueza, la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables son sus caminos!” (Ver los capítulos 10 y 11 de la epístola a los Romanos).
Se ha de notar que esta profecía del santo apóstol Pablo ya comenzó a cumplirse inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando en Nueva York, judíos creyentes, comenzaron a difundir entre sus hermanos según la sangre, la fe en nuestro Señor Jesucristo. Con un muy buen dominio del Antiguo Testamento, comprobaron y se persuadieron de que Jesucristo es el verdadero Mesías prometido a sus padres. Como resultado de su predicación, en algunas grandes ciudades de los Estados Unidos de América han surgido comunidades de hebreos cristianos. Hacia el año 1990 el número de estos hebreos bautizados alcanzó varias decenas de miles. Los interesados en este tema pueden solicitar la literatura (en idioma inglés) de: Veth Sar Shalom Publication, 250 w. 57 st. New York, N.Y. 10023.

e) El mal y las injusticias crecerán extremadamente. La pérdida de la fe conducirá a una mayor caída de la moral. El santo apóstol Pablo caracteriza a los hombres de antes del fin del mundo de la siguiente manera: “En los últimos días sobrevendrán tiempos difíciles, porque habrá hombres egoístas, avaros, orgullosos, altivos, maldicientes, rebeldes a los padres, hostiles, irreconciliables, desleales, calumniadores, disolutos, inhumanos, enemigos de todo lo bueno, traidores, protervos, henchidos, amadores de los placeres más que de Dios, que con una apariencia de piedad, están en realidad lejos de ella” (2 Tim. 3:1-5) y que “por exceso de maldad se enfriará la caridad de muchos” (San Mateo 24:12). De la totalidad de los vaticinios de las Sagradas Escrituras debe concluirse que la llegada del último y temible día del fin del mundo será precedida por un gradual deterioro moral secular, y consecuentemente, la vida espiritual de la humanidad sufrirá una profunda descomposición. Los intereses carnales predominarán sobre los espirituales. Se perderá el interés por Cristo, y hasta se dejará de pensar en Él. Para muchos su vida y su doctrina no serán más que un antiguo recuerdo. Se repetirá nuevamente el estado antediluviano de la humanidad, acerca del cual leemos en la Biblia:

“Viendo Dios cuánto había crecido la depravación del hombre sobre la tierra, y cómo todos los pensamientos y deseos de su corazón tendían en todo tiempo al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra... Pues la Tierra se corrompió ante la faz de Dios y se colmó de actos de maldad” (Gén. 6:5-6). Una situación similar vivirá también la humanidad antes del segundo advenimiento de Cristo.

f) Se difundirán el sortilegio, el servicio a la fuerza maléfica y otras abominaciones paganas. La misma concepción del mundo, por parte de los hombres, será envenenada por la mentira diabólica: “Pero el Espíritu claramente dice que en los últimos tiempos se apartarán algunos de la fe, dando oídos a los espíritus que seducen y a las enseñanzas demoníacas” (1 Tm. 4:1). El libro del Apocalipsis profetiza la extraordinaria penetración de la fuerza diabólica en la vida humana. Esta fuerza del más allá, a la manera de humo llenará y envenenará la misma atmósfera que respira la gente, como lo describe el santo apóstol Juan: “Cuando fue abierto el pozo del abismo, del mismo subió el humo como si fuera de un gran horno, el sol y el aire se ensombrecieron a causa del humo del pozo. Y del humo salieron las langostas sobre la tierra... Y por rey tenían al ángel del abismo cuyo nombre es, en hebreo, Abadon y en griego, Apolyon (destructor)” (Apoc. 9:2-3 y 11). Y aunque el Señor mediante muchas tribulaciones, llamará a los hombres a la penitencia, “no se arrepentirán de las obras de sus manos, no dejarán de adorar a los demonios... y no se arrepentirán de sus homicidios, ni de sus maleficios, ni de su fornicación, ni de sus robos” (Apoc. 9:20-21).

g) “Crecerán la enemistad recíproca y el odio y aumentará la persecución a los creyentes”. El nombre de cristiano será odioso para los hombres que rechazarán toda cultura religiosa, todo recuerdo y toda invocación a Dios, cifrando toda su esperanza en sí mismos, en su mente, en sus conocimientos y en sus habilidades. El número de los cristianos se reducirá considerablemente, y los enemigos de los creyentes a menudo serán sus propios familiares, como profetizó el Señor: “Entonces os entregarán a los tormentos y os matarán, y seréis aborrecidos de todos los pueblos a causa de Mi Nombre... y unos a otros se harán traición y se aborrecerán... y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán muerte... pero no se perderá un sólo cabello de vuestra cabeza –concluye el Salvador consolándolos–. El que perseverare hasta el fin se salvara” (San Mateo 24:9¬10; San Marcos 13:12-13 y San Lucas 21:18).

h) Las guerras sangrientas y diversas calamidades naturales adquirirán dimensión catastrófica. Los hombres languidecerán bajo el peso de las tribulaciones. No tendrán fuerza suficiente para superarlas, tampoco buscarán la ayuda de Dios debido a su incredulidad. Entonces, “oiréis hablar de guerras y rumores de guerras; pero no os turbéis porque es preciso que esto suceda, mas no es aún el fin. Se levantará nación contra nación... y habrá hambre, mortandad y terribles fenómenos y grandes señales en el cielo, sobre el sol, la luna y las estrellas. Desolación y perplejidad en los pueblos y el mar se pondrá ruidoso y turbulento. Los hombres morirán de miedo a la espera de las grandes desgracias que deberán llegar al universo, pues los poderes del firmamento serán sacudidos” (San Mateo cap. 24; San Marcos cap. 13 y San Lucas cap. 21).

Las últimas palabras de esta profecía ya se refieren al propio fin del mundo. Pero antes de su llegada ocurrirá aún algo más terrible para la vida de la humanidad: la entronización del anticristo.

El anticristo

La Denominación de “Anticristo” se emplea en las Sagradas Escrituras con un doble significado. En un sentido amplio, se refiere a cualquier enemigo de Cristo (el prefijo “anti” significa contrario... En ese sentido habla el Apóstol Juan el Teólogo en sus dos primeras epístolas). Y en un sentido estricto, esa denominación señala una persona determinada, el “anticristo”, quien dirige todos sus esfuerzos a la erradicación de la fe en Cristo. La aparición de este anticristo personal sobre la arena mundial será la última y decisiva señal de la aproximación de la segunda venida de Cristo.

El constante crecimiento de la apostasía de la humanidad, hacia el fin del mundo, se centrará en el determinado “hombre de la iniquidad”, quien encabezará la última lucha desesperada contra el cristianismo. Acerca de las cualidades y los actos de este Anticristo dice el apóstol San Pablo: “Que nadie en modo alguno os engañe: porque aquel día (el del Señor) no llegará hasta que se cumpla la apostasía y se manifieste el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios, o que es sagrado, tan sólo no se consumará hasta que sea quitado de en medio el que ahora le retiene (la fuerza de Dios que, por medio de los legítimos gobernantes, obstaculiza su entronización), entonces se manifestará el impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de Su Boca destruyéndole con la manifestación de su parusía. La llegada del inicuo estará acompañada del poder de Satanás, de todo género de milagros, señales y prodigios engañosos y de seducciones de iniquidad para los destinados a la perdición, por no haber recibido el amor de la Verdad para ser salvos. Por eso, Dios les enviará confusión para que crean en la mentira” (2 Tes. 2:3-11).

¿Qué favorecerá el éxito del anticristo y en qué residirá el secreto de su enorme poder e influencia? Es evidente que el anticristo será el notable portavoz de su época material y atea. Además, su llegada al poder será promovida por ciertos factores externos. Probablemente, en su tiempo la humanidad estará amenazada por una guerra mundial nuclear y biológica o por una crisis política y económica universal. Los gobiernos estarán al borde del derrumbe, y las naciones vivirán en estado de alboroto y revolución. Entonces, sobre las olas turbias de la tempestad mundial, surgirá un líder “genial” como el único que puede salvar la humanidad de la humanidad. Será respaldado por una poderosa organización interesada en el dominio mundial. Con su apoyo, el anticristo se presentará con su programa de reformas económico-sociales, que serán obstinadamente sostenidas y propagadas por los medios masivos de información.

Hay que pensar que los judíos que no reconocen a Cristo, verán en el Anticristo al Mesías aguardado desde hace mucho, y la mayoría de los hombres cifrará su esperanza en que éste pondrá fin a guerras y crisis, trayendo el bienestar general. Posiblemente, y teniendo en vista esta ceguera de la humanidad que no puede divisar la inminente catástrofe, el santo apóstol Pablo escribió: “El día del Señor llegará como el ladrón en la noche. Cuando digan: ‘paz y seguridad’, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores del parto a la parturienta, y no escaparán” (1 Tes. 5:1-6).

El anticristo no se satisfará solamente por el poder político y las reformas exteriores. Al ser alabado por todos, creerá que es un gran pensador, superhombre y hasta una deidad, de modo que adelantará una nueva concepción del mundo, una nueva fe, una nueva moral para sustituir la “vetusta y fracasada” doctrina cristiana. Embriagado por la manía de grandeza, pretenderá pasar por Dios y se sentará en el templo (posiblemente en el templo a construirse previamente en Jerusalén), exigiendo adoración. De acuerdo con la palabra del santo apóstol Pablo, la actividad del anticristo será muy exitosa, apoyada por Satanás y acompañada por las señales y los falsos milagros con cualquier seducción impía para con los condenados. Bajo esos milagros y señales del Anticristo no solamente se han de comprender aparentes milagros y trucos que a todos entusiasmarán, sino también las mayores adquisiciones del progreso humano en los ramos de la ciencia y el arte, las cuales se utilizarán para reforzar su poder (el “espíritu infundido en la imagen de la bestia” (Apoc. 13:15) (¿No será acaso el televisor o algo parecido, quizá el internet?). Se aplicará el más perfecto sistema de espionaje y seguimiento, inclusive el control del comportamiento humano; así los que quisieran comprar o vender algo, deberán presentar un permiso especial para tal fin (“la marca de la bestia”, Apoc. 13:17). Los programas de radio y televisión, al igual que la prensa, estarán dirigidos para fortalecer sin interrupción el culto al líder, y para crear una opinión pública elaborada por las autoridades. Los que expresen sus dudas acerca del genio y las medidas por él emprendidas serán enérgicamente aniquilados como enemigos de la humanidad.

La imagen del anticristo que ha de venir figura en el libro del profeta Daniel bajo la forma del “cuerno pequeño”, que tiene indudablemente los rasgos del rey de Siria Antíoco IV Epífanes, un cruel perseguidor de los creyentes judíos (reinó de 175 a 164 a. J. C.; véase: Daniel capítulos 7 al 11, y los primeros libros de Macabeos). En el Apocalipsis de San Juan el Teólogo, el anticristo está representado como una bestia salida del mar (Apoc. Cap. 13, y 19-21.10) y tiene rasgos de los emperadores Nerón y Domiciano (Nerón reinó desde 54 a 68 d. C. y terminó su vida suicidándose –bajo su reinado en Roma sufrieron martirio los santos apóstoles Pedro y Pablo–; Domiciano reinó de 81 a 96 d. J. C., promulgó el decreto de la persecución universal de los cristianos que no le adoraban como a un dios). Bajo él fue desterrado el apóstol San Juan, el Teólogo a la isla Patmos. Muchos hombres creían que Domiciano era Nerón reencarnado, lo que puede utilizarse para caracterizar al anticristo: “Bestia que tiene una herida de espada y que ha revivido” (Apoc. 13:14), contemporáneos del apóstol. Es necesario explicar que en el Apocalipsis, como bestia, se comprende no solamente al propio anticristo, sino también todo el aparato estatal de su imperio anticristiano.

Al examinar los prototipos bíblicos del último anticristo que ha de venir, saltan a la vista algunos rasgos comunes. Todos ellos eran hombres nulos tanto intelectualmente, como en lo relacionado con su capacidad de gobernar. Llegaron a las posiciones más elevadas no por sus méritos, sino sólo aprovechando la situación favorable (“El poder yacía sobre el camino, y lo hemos levantado”). Eran más bien conspiradores que hombres con amplia mentalidad estadista, todos ellos sufrían de complejo de grandeza y en la vida privada eran mentirosos, lujuriosos y crueles (Nerón asesinó hasta a su propia madre). Se puede suponer que así será también el último “líder mundial”.

Si nos atenemos textualmente a lo indicado por las Sagradas Escrituras, la actividad del anticristo durará tres años y medio y finalizará con el advenimiento de Cristo, la resurrección universal y el Juicio Terrible (Dan. 7:25; Apoc. 11:2-3, 12:14 y 13:5). San Cirilo de Jerusalén, en sus Instrucciones Publicadas (5 y 15), y San Efrem el Sirio en su “Discurso acerca del advenimiento del Señor y el anticristo”, describen detalladamente el carácter, la personalidad y el modo de actuar del anticristo. El bien conocido filósofo ruso Vladimir S. Soloviev trató de representar la época del advenimiento del anticristo y su personalidad en su “Relato acerca del anticristo”, pero su descripción, con un tono a veces chistoso, no transmite en su totalidad el terror y desesperación que penderán sobre la humanidad en el último período de su existencia. Su relato es un cándido idilio en comparación con el terror que prevalecerá en los hombres que han perdido a Dios.

San Juan el Teólogo, en el Apocalipsis, menciona la aparición de “dos testigos” durante el período activo del anticristo (se supone que podría tratarse del profeta Elías y del patriarca Enoch), quienes profetizarán la verdad y harán milagros, pero serán asesinados por aquél cuando finalicen sus testimonios (Apoc. 11:3-12).

Así testifica la Palabra de Dios acerca del tiempo venidero, conceptos y tendencias de la disposición de la sociedad antes de la segunda llegada de Jesucristo. Aunque todas estas señales son claras y evidentes, la capacidad para verlas y comprenderlas depende del nivel espiritual del hombre. Los pecadores no están en condiciones de comprender lo que ocurre ante sus propios ojos, ni hacia dónde rueda el mundo. Por eso, el Salvador prevenía a sus discípulos diciendo: “Estad atentos, no sea que se emboten vuestros corazones por el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente caiga sobre vosotros aquel día como una red; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir y comparecer ante el Hijo del Hombre” (San Lucas 21:34-36).

Segundo advenimiento del Hijo del Hombre

La Mirada Espiritual de los cristianos debe dirigirse hacia el próximo acontecimiento gozoso, es decir, el segundo advenimiento de Cristo en la tierra: “Cuando estas cosas comenzaren a suceder (las penurias finales), cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención” (San Lucas 21:28). La realidad de este advenimiento es afirmada definitivamente por el mismo Señor Jesucristo con la indicación de una serie de pormenores (San Mateo 16:27; San Mateo 24; San Marcos 8:38; San Lucas 12:40; San Lucas 17:24 y San Juan 14:3). Este suceso fue declarado por los ángeles durante la Ascensión del Señor (Hechos 1:11) y los apóstoles nos lo han recordado a menudo (Ap. Judas 14:15; 1 Juan 2:28; 1 Pedro 4:13; 1 Cor. 4:5 y 1 Tes. 5:2-6, etc.).

El propio Señor describió su venida como repentina y manifiesta para todos: “Como el relámpago, que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así va a ser la venida del Hijo del Hombre” (San Mateo 24:27).

Antes de su segundo advenimiento, en el cielo aparecerá “la señal del Hijo del Hombre”, y al verla, “llorarán todos los pueblos de la tierra”. Según la opinión general de todos los Santos Padres de la Iglesia, esta será la señal de la vivificadora Cruz del Señor.

El Señor vendrá rodeado de un sinnúmero de coros angélicos en toda su gloria: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los ángeles con Él, se sentará sobre su Trono de gloria” (San Mateo 25:31). Estas palabras del Salvador demuestran que su segundo advenimiento será muy distinto al primero, cuando Él se humilló voluntariamente a Sí mismo, presentándose bajo la imagen de un hombre simple, que vivió en la pobreza y sufrió constantes oprobios.

Vendrá para “juzgar a la tierra rectamente” (Hechos 17:31) y para “dar a cada uno según sus obras” (San Mateo 16:27). En esto se distingue el propósito del segundo advenimiento al mundo con respecto del primero, cuando vino, no para juzgarlo, sino con el fin de salvarlo y para sacrificar su alma para la salvación de las de muchos.

Resurrección de los muertos

En El Gran Día de la venida del Hijo del hombre tendrá lugar la resurrección general de los muertos, quienes resucitarán transfigurados. Sobre ello el mismo Señor dice: “Llegará la hora en que los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios” (San Juan 5:28). Cuando los saduceos expresaron su incredulidad acerca de la posibilidad de la resurrección, el Señor los reprendió diciendo: “Estáis en un error, y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios” (San Mateo 22:29).

La certeza sobre la verdad de la resurrección y la importancia de creer en ella, fue expresada por el santo apóstol Pablo con las siguientes palabras: “Si la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana nuestra fe. Seremos falsos testigos de Dios, porque contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan... pero no: Cristo, primicia de los que durmieron, ha resucitado de entre los muertos... y como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos revivirán” (1 Cor. 15:13-15, 20 y 22).

La resurrección de los muertos será común y simultánea para justos y pecadores: “Y saldrán los que han obrado el bien para la resurrección de la vida, y los que han obrado el mal para la resurrección de la condenación” (San Juan 5:29; Hechos 24:15). Además, es indudable que luego de la resurrección, el aspecto de los justos será distinto al de los pecadores: “Entonces –dijo el Señor– los rectos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (S. Mateo 13:43). Explicando este pasaje, San Efrem el Sirio, dice que “unos se asemejarán a la luz y otros a las tinieblas”.

De la Palabra de Dios habrá que concluir que los cuerpos resucitados, esencialmente, serán los mismos que pertenecían a las almas durante su vida terrenal: “Es preciso que lo corruptible se revista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad” (1 Cor. 15:53); pero esto significa que al mismo tiempo surgirán transformados en incorruptibles e inmortales. Serán completamente libres de la declinación y las debilidades de esta vida. Serán espirituales y celestiales, exentos de las necesidades corporales. Según la palabra del Señor, luego de la resurrección, la vida será comparable con la de los ángeles incorpóreos. En cuanto a los pecadores, sin lugar a duda sus cuerpos resucitarán en forma renovada, pero al recibir la inmortalidad, también reflejarán la villanía por su deterioro moral.

Como un ejemplo de la futura transfiguración de los cuerpos, el santo apóstol Pablo menciona un hecho por todos conocidos: “Pero, dirá alguno: ¿cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no nace si no muere. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano, por ejemplo, de trigo, o algún otro similar. Y Dios le da el cuerpo según ha querido, a cada una de las semillas del propio cuerpo” (1 Cor. 15:35-38). Con el mismo fin, los Padres de la Iglesia indicaban que, en general, en el mundo nada se destruye ni desaparece, sino tan sólo se transforma, y que Dios tiene fuerza para recuperar lo que Él mismo crea. Dirigiéndose a la naturaleza, encontraban en ésta las semejanzas de la resurrección: el brote de las plantas por las semillas arrojadas a la tierra, luego descompuestas; la renovación anual de la naturaleza en la primavera; el nacimiento de un nuevo día; la formación original del hombre a partir del polvo terrenal, y otros fenómenos. En cuanto a los hombres a quienes el advenimiento del Señor los sorprenderá vivos sobre la tierra, conforme con la palabra del apóstol, experimentarán el cambio instantáneamente comparable con la correspondiente a los muertos resucitados: “No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al último toque de la trompeta, pues tocará la trompeta y los muertos resucitarán incorruptos, y nosotros seremos transformados (no en la materia). Porque es preciso que lo corruptible se revista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad” (1 Cor. 15:51-53). Y acerca del encuentro de los creyentes con el Señor, que tendrá lugar enseguida, el santo apóstol Pablo escribía: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto a los muertos... Nosotros los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajara del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:13-18).

La resurrección universal, el “arrebato” de los rectos, el subsiguiente Juicio Final y luego la vida eterna, constituyen fenómenos que no podemos comprender ni imaginar bien, pues no experimentamos nada parecido en nuestra vida. Tampoco podemos solucionar las cuestiones que surgen ante la curiosidad de la mente.

Fin del mundo físico

Debido a la caída original del hombre, toda la creación se ha sometido involuntariamente a la “esclavitud de la corrupción” y “gime y siente dolores” (Rom. 8:22) hasta hoy. Llegará la era cuando todo el mundo material y humano se purificará del pecado y se regenerará. La renovación del mundo ocurrirá en el “último día” después del Juicio Universal, y se efectuará por medio del fuego. Dice el santo apóstol Pedro que el mundo antediluviano fue anegado con agua “mientras que los cielos y la tierra actuales están reservados... para el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos” (2 Pedro 3:7): “Vendrá el día del Señor como ladrón en la noche y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos, abrasados, se disolverán y asimismo la tierra con las obras que en ella hay... Pero nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva en los cuales tiene su morada la verdad de Dios” (2 Pedro 3:10 y 13).
Acerca del hecho de que el mundo actual no es eterno, ya profetizaba el Salmista, diciendo: “Desde el principio fundaste la tierra, y obra de tus manos es el cielo; pero éstos perecerán, y Tú permanecerás eternamente. Todos ellos como la ropa se desgastan. Como un vestido los mudas Tú y se mudan”. (Sal. 101 :26-27 (102:26-27). El fin del mundo no consistirá en su entera destrucción y desaparición, sino en un “completo cambio y renovación”.

El Juicio Universal

Entre los numerosos testimonios relacionados con la inapelable realidad del futuro Juicio Universal (San Juan 5:22, 27-29; San Mateo 16:27; 7:21-23; 11:22 y 24; 12:36 y 41:42; 13:37-43; 19:29-30; 24:30 y 25:31-46; Hechos 17:31; Jud. 14-15; I Cor. 4:5; 2 Cor. 5:10; Rom. 2:5-7 y 14:10; Ef. 6:8; Col. 3:24-25; 2 Tes. 1; 6-10; 2 Tm. 4:1 y Apoc. 20:11-15) se destaca la detallada descripción del Evangelio según San Mateo, que comienza con las palabras: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria” (San Mateo 25:31-46).

Basándose en esta pauta, será posible sacar una conclusión acerca de las características del Juicio. Éste será “universal”, es decir, comprenderá a todos los seres humanos vivos y muertos, buenos y malos, y según otras indicaciones de la Palabra de Dios, incluirá también a los ángeles caídos (2 Pedro 2:4 y Jud. 6). Será “solemne y abierto”, porque el Juez se presentará en toda su gloria junto a todos sus ángeles, ante la faz del mundo entero. Será “estricto y terrible”, ya que se realizará según la verdad absoluta de Dios. Será “el día de la ira y de la revelación del correcto juicio de Dios” (Rom. 2:5). Será “el último y definitivo”, determinando para la eternidad la suerte de cada uno de los juzgados. El resultado del Juicio será la sanción eterna: la bienaventuranza para los justos y el suplicio para los malvados condenados.

Al representar la vida eterna de los justos después del Juicio Universal con los más luminosos y alegres rasgos, la Palabra de Dios se expresa con igual firmeza acerca de los eternos suplicios de los pecadores: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno –dirá el Hijo del Hombre el día del Juicio– e irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna” (San Mateo 25:41 y 46). Este estado de suplicio está ilustrado alegóricamente en las Sagradas Escrituras bajo el nombre de “Gehenna” (La imagen de la gehenna de fuego está tomada del valle de Hinom, en un suburbio de Jerusalén, donde se realizaban antaño las ejecuciones y se descargaba la basura; allí se mantenía continuamente el fuego para prevenir epidemias). En el Apocalipsis de San Juan el Teólogo, este lugar (o estado) se denomina “lago de fuego” (Apoc. 19:20). Y el santo apóstol Pablo dice: “tomando venganza en llamas de fuego sobre los que desconocen a Dios y no obedecen al Evangelio de Nuestro Señor Jesús” (2 Tes. 1:8). Los nombres alegóricos tales como: el gusano que nunca muere y el fuego que no se extingue, subrayan simbólicamente la gravedad de los suplicios.

“Aunque yo sé –escribe San Juan Crisóstomo– que mucha gente tiene horror a la gehenna, a mí me parece que solamente la privación de la gloria (del Reino de Dios) es una tortura más cruel que aquella” (Plática XXIII: Evangelio de San Mateo). “Esta privación de los bienes –razona en otro lugar– nos causa tanto sufrimiento, tanta aflicción y estrechez que si no existiera ningún castigo para los que pecan viviendo aquí, turbaría y desgarraría nuestras almas más que todos los suplicios de la gehenna... Muchas personas insensatas desean sólo librarse de la gehenna, pero yo creo que mayor suplicio aun, en comparación con ésta, sería la inexistencia para nosotros de aquella gloria; y estoy seguro que el que la ha perdido debe llorar no tanto por las torturas de la gehenna, como por la imposibilidad de disfrutar de los bienes celestiales, porque este último es el más cruel de todos los castigos” (Primera palabra para Teodoro).
La Iglesia, fundamentándose en la Palabra de Dios, reconoce los suplicios de la gehenna como eternos e interminables y, por consiguiente, ha condenado en el Quinto Concilio Ecuménico la falsa doctrina de los origenistas, según la cual se supone que los demonios y los hombres impíos sufrirán en el infierno sólo hasta un determinado tiempo, y luego, serán restablecidos en su estado de inocencia original, conocido como “apokatástasis”. La condenación por el Juicio Universal en el Apocalipsis de San Juan el Teólogo es llamada la “segunda muerte” (Apoc. 20:14).

La tendencia a mostrar relativos los padecimientos de la gehenna, comprendiendo la “eternidad” como un período prolongado pero siempre finito, existió en la antigüedad y aún solemos encontrarla también hoy en día. Incluso, a veces ni siquiera se reconoce la realidad de estos padecimientos. En tal sentido se hacen referencias a consideraciones de índole lógica haciendo hincapié en el hecho de que aquellas son incompatibles con la bondad de Dios; manifestando la aparente desproporción entre un crimen temporario y la eternidad del castigo por el pecado, al igual que la desproporción de los suplicios con el objetivo final de la creación del hombre, que no es otro que la bienaventuranza en Dios. Sin embargo, no nos incumbe determinar los límites entre la inefable misericordia de Dios y la verdad, su veracidad. Sabemos que Dios “quiere que se salven todos los hombres y lleguen a la comprensión de la verdad”. Pero el hombre puede, a causa de su mala voluntad, rechazar la misericordia de Dios y los medios requeridos para su salvación. San Juan Crisóstomo interpretando la presentación del Juicio Final observa: “Cuando el Señor habló del reino dijo: ‘Venid benditos, y heredad el Reino – agregando– preparado para vosotros desde la creación del mundo’”; mientras que hablando del fuego se expresó de otra manera, diciendo: “preparado para el diablo y sus ángeles. Porque Yo preparé el Reino para vosotros, mientras que el fuego fue destinado no a vosotros, sino al diablo y sus ángeles” (Plática LXX: Evangelio San Mateo). Sin embargo, no tenemos derecho para interpretar las palabras del Salvador como amenazas o como cierto procedimiento pedagógico que aplicará el Señor con el fin de corregir a los pecadores.

En este sentido es digno de atención el siguiente razonamiento del obispo Teófano el Ermitaño: “Los rectos pasarán a la vida eterna, y los endemoniados, pecadores, al eterno suplicio en compañía de los demonios. ¿Se terminarán estos martirios? Si terminara el satanismo y la satanización, podrán tener fin estos suplicios. Pero ¿terminarán el satanismo y la satanización? Lo veremos entonces. ¡Qué es lo que no vio el diablo después de su caída! ¡Cuántas manifestaciones del poder Divino! ¡Cómo quedó maravillado ante la fuerza de la Cruz del Señor! ¡Cómo hasta ahora ésta vence cualquier astucia y maldad suya! Sin embargo, no se tranquiliza: prosigue con obstinación; y cuanto más se avanza, más obstinado se pone”.
El concepto de “ira” aplicado a Dios es relativo y alegórico, conforme lo aprendemos de las enseñanzas de San Antonio el Grande: “Dios es bueno, desapasionado e inmutable. Si alguien, reconociendo como verdadero y bueno el hecho de que Dios es inmutable, se sorprende porque Dios teniendo estas cualidades se regocija por los buenos, pero aborrece a los malvados y se encoleriza con ellos, y otra vez tiene misericordia de ellos cuando se arrepienten, habrá que contestar que en realidad Dios ni se alegra ni se encoleriza, porque la alegría y la ira son pasiones humanas. Sería ridículo creer que sobre la Divinidad pueden influir bien o mal los negocios humanos. Dios es bueno y solamente hace bien, y no daña a nadie siendo siempre inmutable. Mientras tanto nosotros, cuando somos buenos, entramos en comunión con Dios gracias a la semejanza con Él; pero cuando obramos mal, nos apartamos de Él debido a que perdemos aquel parecido... De modo que decir que Dios aborrece a los malos, sería lo mismo que afirmar que el sol se esconde de los ciegos” (Filocalia, en ruso, vol. 1, pág. 150).
Los escritos de los ascetas cristianos, indican que el hombre, cuanto más se eleva en su estado moral, tanto más se agudiza el sentido de su responsabilidad, ante Dios. De tal modo crece la esperanza que debemos cifrar en la misericordia de Dios y pedir al Señor, lo que nos trae el consuelo.

Reino de la gloria

Con La Transfiguración del mundo en uno nuevo y mejor, se revelará el eterno Reino de Dios, el Reino de la gloria. Entonces finalizará el “reino de gracia”, la existencia de la Iglesia militante sobre la tierra, mientras que la Iglesia celestial entrará en el reino de la gloria para fundirse con él. Entonces reinará el Hijo de Dios con el Padre y el Espíritu Santo, y “su reino no tendrá fin”, como anunció el Ángel a la Santísima Virgen María (San Lucas 1:33). Porque, de acuerdo con la explicación de San Cirilo de Jerusalén: “El que reinó antes de vencer a sus enemigos, acaso ¿no reinará con más razón después de vencerlos?” (San Cirilo de Jerusalén: “Palabras publicadas”).

La muerte perderá su poder: “El último enemigo reducido a la nada será la muerte... entonces se cumplirá lo que está escrito: la muerte ha sido engullida por la victoria” (1 Cor. 15:26 y 54-55), y el tiempo no será más y cesará la percepción de su fluir.

La bienaventurada vida eterna está representada alegóricamente en el capítulo 21 del Apocalipsis: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya”. En el Reino de la gloria todo será espiritual, inmortal y santo, pero el hecho principal será que los que alcancen la futura vida bienaventurada y se conviertan en “comulgantes de la Divina naturaleza” (2 Pedro 1:4), serán partícipes de aquella vida perfecta, cuya fuente es Dios. Particularmente, los moradores del Reino de Dios, a la manera de los ángeles, serán dignos de ver a Dios (San Mateo 5:8). Contemplarán su gloria no como si fuera a través de un vidrio opaco, ni por adivinanza, sino cara a cara. Y no solo la contemplarán, sino que participarán de ella, brillando como el sol en el Reino de su Padre (San Mateo 13:43), siendo “coherederos de Cristo”, al sentarse en el Trono con Cristo y compartiendo con Él la grandeza de su reino (Apoc. 3:21 y 2 Tm. 2:11-12).

“Ya no tendrán hambre ni sed, ni caerá sobre ellos el sol, ni ardor alguno, porque el Cordero, que está en medio del Trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apoc. 7:16-17). Como lo dice el profeta Isaías: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino al corazón del hombre lo que Dios ha preparado para los que Le aman” (Is. 64:4 y 1 Cor. 2:9).

La bienaventuranza en Dios será particularmente deseable porque no tendrá fin: “E irán los rectos a la vida eterna”. Sin embargo, hasta la gloria en Dios, según las enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia, tendrá grados diferentes de acuerdo con la dignidad moral de cada uno. Sobre ello es posible concluir por las palabras de las Sagradas Escrituras: “En la casa de Mi Padre hay muchas moradas”. Dios “dará a cada uno según sus obras... cada uno recibirá su recompensa conforme a su trabajo... y una estrella se diferencia de la otra en el resplandor” (San Juan 14:2; San Mateo 16:27; 1 Cor. 3:8 y 15:41).

San Efrem, el Sirio, dice: “Así como por medio de los sensibles rayos del sol cada uno goza de acuerdo con la pureza de su vista e impresión que tenga, o como cada rayo de luz procedente de una lámpara que ilumina la casa, tiene su propio lugar, mientras que la luz no se divide entre muchas lámparas; asimismo, todos los rectos se ubicarán inseparablemente en la alegría común, pero cada uno, conforme con su capacidad, será iluminado por el sol espiritual, y de acuerdo con el grado de su dignidad, tendrá el regocijo y la alegría, como si estuviese en el mismo aire y lugar, y nadie verá la medida de lo superior e inferior para que al ver una mayor gracia en el otro y su propia insuficiencia, no tenga fundamento para ponerse triste y perder ecuanimidad”.

Conclusión

Como conclusión, debemos decir, que hay que temer no solo al último y terrible Juicio de Dios, sino también al juicio individual, siempre cercano a nosotros. En el transcurso de la historia este Juicio individual de Dios alcanzó tanto a pecadores aislados, como también a determinadas ciudades y hasta a países enteros, cuando los individuos eran inducidos al camino de la perdición. Son claros ejemplos de esto: el Diluvio Universal, la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, las múltiples destrucciones de Israel, la caída de las antiguas Asiria y Babilonia, el incendio de la pervertida Pompeya, el cataclismo del Imperio Romano y de otras poderosas naciones. Tampoco escaparon al Juicio Divino estados cristianos como los imperios Bizantino y Ruso, cuando ellos se apartaron de la pureza de la fe. “Donde está el cadáver moral, ahí se juntarán los buitres y le alcanzará el recto castigo”. (S. Mat. 24:28).

Para advertirnos acerca de la descomposición moral y exhortarnos al fervor espiritual, el Salvador, misericordiosamente nos alerta: “Estad preparados, porque no sabéis a que hora vendrá el Hijo del Hombre”. Por eso estemos atentos a nuestro estado espiritual. Preocupémonos para que en nosotros arda claramente el cirio de la fe y para que el vestido de nuestra alma se conserve pura. Entonces la venida de Cristo sobre la Tierra será para nosotros un acontecimiento anhelado, cuando Dios ponga fin a todos los crímenes y en el mundo renovado se entronice la Eterna Verdad Divina.

Indudablemente, numerosos signos del segundo advenimiento de Cristo son ya bien patentes: la difusión universal del Evangelio, la apostasía de la fe pura entre los países cristianos, la conversión a Cristo de muchos judíos, la aparición de una gran variedad de falsos profetas, el incremento de la criminalidad, la lujuria, el satanismo y otras abominaciones.

En lo que se refiere a la caída de la moral, por supuesto, la gente fue pecadora en mayor o menor medida. Pero en condiciones normales, el sentido de la vergüenza, siempre obligaba a las personas a ocultar sus pecados. Es una característica de nuestro tiempo que los hechos pecaminosos se eleven en un pedestal: los degenerados y los infanticidas realizan demostraciones multitudinarias exigiendo para sí derechos especiales. Viéndolos, recordamos severa advertencia del profeta Isaías: “La expresión de su rostro les denuncia, y sus pecados, como Sodoma manifiestan, no se ocultan. ¡Ay de ellos, porque han merecido su propio mal!”

Otra tenebrosa característica de nuestra época es el arraigo fastidioso de la locura y vulgaridad en aquellos aspectos de la vida, los cuales, de antaño fueron expresiones de las más luminosas y honorables facetas del espíritu humano: la música, el arte, la literatura. Presten atención a la música contemporánea repleta de cacofonías, de exclamaciones toscas y pasionales; en la pintura y en la escultura, que nada dan a la mente o al corazón; en las películas –con frecuencia carentes de contenido y chabacanas–, hartas de crímenes y perversidades. Los demonios, por su naturaleza, son indomables, deformes y crueles. Y he aquí que contemplamos alarmados, como el vacío espiritual en las personas se expande, comenzando a llenar con la oscura fuerza del más allá, que coloca su sello sobre los actos, la vida y hasta la imagen de las personas.

Y así como dos mil años atrás, también hoy es imposible decir exactamente cuando ocurrirá el fin del mundo. Sin embargo, muchas señales de la proximidad de este acontecimiento ya son evidentes. Las profecías de nuestros padres de Optina y otros santos rectos rusos antes de la revolución, permiten pensar con fundamentos, que con el naufragio del comunismo y el comienzo del renacimiento de la fe en Rusia, se dio vuelta la última página de la historia mundial después de lo cual sigue la venida del Anticristo y se cumplirán las profecías del Apocalipsis.
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