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LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, SUS PELIGROS Y ALCANCES

lunes, 9 de junio de 2008

La secta de Mahoma: un mormonismo con éxito

No hay que temer tanto al islam que nos dejemos impresionar indebidamente por él. En cuanto a su naturaleza intrínseca no se diferencia mucho de las otras sectas postcristianas que han pretendido ser fruto de revelaciones celestes. Una comparación con los mormones nos permite comprender hasta qué punto no es sino una secta de la periferia cristiana más: la secta de Mahoma. Y por ello no puede ser que a unos les tengamos por respetables y a los otros por ridículos.

A fuerza de considerar el peligro islámico –bien real- corremos el riesgo de convertirlo también en algo demasiado respetable.

El islam no es una portentosa religión monoteísta, sorprendente en sus convergencias con la Religión Cristiana, sino tan sólo una secta pericristiana –y en muchos sentidos un conjunto de sectas- nacida de la falsa revelación de un falso profeta, que ha obtenido un enorme éxito humano por su condescendencia con nuestras pasiones de distinto género.

Las sectas pericristianas

En un principio, considerar a los musulmanes como secta o herejía cristiana sorprende, si se considera que no eran unos bautizados que después se separaron de la Iglesia. Pero la perspectiva histórica nos muestra que han nacido muchas sectas similares en la periferia de la predicación cristiana, aunque la mayoría prosperaron poco y han caído en el olvido.

La novedad de la religión cristiana, cuando llega a territorios en que se la desconoce, suscita, en personajes de preocupación religiosa inicial y superior afán de protagonismo, el deseo de imitarla, y, al mismo tiempo, adaptarla a los propios criterios.

Algunos ejemplos recientes pueden servirnos de muestra de los sincretismos influidos por el cristianismo que se han producido en distintas regiones y épocas: en el Vietnam del siglo XIX-XX floreció el caodaísmo, secta que reverenciaba a Buda, Cristo y Víctor Hugo; en la Corea del siglo XX la Iglesia de la Unificación es una creación del ”reverendo Moon” de claro influjo cristiano; y en el año 2000 supimos de sectas africanas –incluso con participación de ex-sacerdotes del clero católico local- que terminaron en el incendio deliberado de sus templos con sus fieles encerrados dentro.

Las sectas de influencia cristiana allí donde ha llegado noticia del Evangelio pero no se ha establecido aún sólidamente no son raras, sólo mal conocidas. Por otra parte, son una consecuencia lógica de la novedad cristiana: se puede decir que todas las sectas de aparición posterior a Cristo le han imitado de alguna manera.

El islam, en lo que a su naturaleza se refiere, es una más, y es un grave error conferirle una categoría diferente solamente por el gran éxito alcanzado.

Además, hay que advertir que el concepto de ‘secta’ se puede derivar de dos etimologías que nos remiten a sus dos tipologías fundamentales. Secta puede entenderse derivada de secare –dividir, escindir- y tal etimología corresponde bien a las sectas nacidas de una interpretación herética. Frente a estas sectas, cuyo origen en el parecer humano (correcto desde su punto de vista) no niegan ni sus seguidores, existen otras sectas cuya naturaleza se corresponde mejor con la etimología que propone la procedencia del término del verbo sequor –seguir-, pues que se componen de secuaces de un gurú iluminado, que dice haber recibido una directa revelación divina.

Este segundo es el caso de Mahoma, pero no es el único, como vamos a ver.

Una presentación de los mormones

Lógicamente, sabemos más de los mahometanos que de los mormones, y aunque puede que de aquellos no lo bastante, de éstos, por lo común, casi nada. De vez en cuando vemos por nuestras ciudades parejas de chicos extranjeros, encorbatados y con pelo corto, que llevan al pecho un plástico negro rotulado con su nombre precedido siempre por el título "elder" (literalmente, ‘anciano’). Son misioneros mormones.

El fundador de su religión fue Joe Smith, campesino pobre que nació en Vermont (1805), y se trasladó con sus padres al norte del estado de Nueva York, cerca del lago Ontario (Palmyra y luego Manchester). Allí, según su versión, tuvo varias visiones previas, y en 1823 se le apareció un ángel, que dijo llamarse Moroni, quien le confió que muy cerca estaban escondidas unas escrituras sagradas, en láminas de oro y con caracteres orientales, que podría descifrar mediante dos piedras preciosas (a las que dio dos nombres tomados de la Biblia); y aunque las encontró y desenterró entonces, el ángel no le permitió tomarlas sino cuatro años después.

Entonces se estableció en el norte de Pensilvania, donde había estado trabajando, se había casado y tenía amigos (y era el estado de mayor tradición de tolerancia religiosa) para dedicarse a traducir durante casi dos años los textos que componen hasta quince ‘libros’ en un estilo análogo al del Antiguo Testamento.

El contenido de lo que en conjunto se denomina el Libro de Mormón enlazaba el origen de los amerindios con los pueblos de oriente citados en la Biblia y afirmaba que Cristo, después de su Resurrección, había habitado entre ellos, antes de que se destruyeran mutuamente. La misión de Joe Smith era la de reconstruir la Iglesia con vistas a la inminente segunda venida de Cristo, de acuerdo con una serie de preceptos y enseñanzas particulares.

Entre 1829 y 1830, Smith y sus primeros discípulos dijeron recibir el sacerdocio ‘aarónico’ primero, de manos de San Juan Bautista, y luego el ‘de Melquisedec’, de manos de los tres apóstoles amigos del Señor, Pedro, Santiago y Juan.

Poco después se trasladaron a Kirtland (al norte del estado de Ohio, junto al lago Erie), donde construyeron su primer templo. Pero más tarde hubieron de trasladarse al estado de Missouri y, enseguida, fundaron la ciudad de Nauvoo en Illinois (junto al Mississipi). Allí empezó a florecer la comunidad, hasta el punto de tener una milicia incipiente (la Legión de Nauvoo) y de que Smith se presentó a las elecciones a la Presidencia de la Unión. También entonces dijo recibir la revelación de restaurar la poligamia (para aquellos a los que se la indicaba Dios mediante su Iglesia) que ya venía practicando. La animadversión que siempre les había rodeado subió de punto, fue acusado de inmoralidad pública, detenido, y linchado en la prisión, que fue asaltada.

Tras un interregno de tres años, la comunidad mormona, relativamente floreciente por sus empresas cooperativas y con el rasgo distintivo de la poligamia (que apenas practicó un diez por ciento) emigró masivamente al oeste, se estableció a orillas del Lago Salado y fundó un estado independiente, Déseret, bajo la jefatura del Brigham Young (1847).

La teología mormona es extraordinariamente compleja, y, además, ha cambiado con el transcurso del tiempo. En 1896 el estado de Utah fue admitido en la Unión (entre veinte y treinta años más tarde que los colindantes al este y al oeste), cuando los mormones renunciaron a la práctica de la poligamia, de acuerdo con una oportuna revelación recibida al efecto.

Hoy los mormones son cerca de nueve millones en todo el mundo, dado que pese a estar centrados en Utah dedican una atención permanente a las misiones por el orbe entero. Y se glorían, justamente, de ser la única gran religión de origen americano.

Refrescados nuestros conocimientos sobre los mormones, pasemos a su comparación con el islam.

Periferia cristiana

Mahoma y Joe Smith constituyeron sus comunidades religiosas en la periferia del mundo cristiano.

La Arabia del primero no era absolutamente pagana, puesto que había tribus árabes de religión judía, cristianos de distinta confesión (y aun anacoretas), incluso en la parentela de Mahoma, y partidarios del monoteísmo (a los que se denominaba hanif).

Por su parte, tampoco la frontera de los pioneros de la América del Norte del segundo era perfectamente cristiana (mal podía serlo en sus circunstancias), como demuestra la periódica llegada de predicadores de distintas facciones protestantes a lugares sin atención religiosa ni adscripción definida: el testimonio del propio Joe Smith de que en su infancia su familia se pasó al presbiterianismo mientras él se inclinó al metodismo a resultas de tales agitaciones nos releva de mayor insistencia.

Mormones y mahometanos surgen en la periferia del mundo cristianizado, desviando la religiosidad verdadera de gentes necesitadas de saciarla tras de un profeta iluminado.

Y aunque los mormones se digan cristianos podemos hablar en realidad de dos religiones distintas de la cristiana cuyos rasgos de sincretismo son claros y notables.

Falsos profetas

Es ésa la característica fundamental de la religión mahometana y de la religión mormona, y el fundamental rasgo común entre ambas. No son hijas de un pensador o reformador humano, sino de un presunto mensaje divino directamente revelado a sus fundadores

Mahoma y Joe Smith pretendieron haber recibido directamente de un ángel un libro revelado. Existen, ciertamente, notables diferencias entre las circunstancias de una y otra ‘revelaciones’: nada difiere más de las aleyas dictadas una por una, en desorden y a lo largo de mucho tiempo, que las planchas impresas áureas traducidas de una vez.

Sí existe coincidencia notable en la falta de signos divinos que corroboraran la presunta misión de los profetas.

Mahoma requirió ser creído en virtud de la belleza de los versículos transmitidos, pero en el Corán se reconoce sin capacidad de hacer milagros (otra cosa son las creencias populares, acríticas pero mucho más congruentes con su pretendida misión), y en los trances que le sobrevenían los asistentes no pudieron nunca percibir visiones o locuciones que confirmaran que en esos momentos estaba recibiendo revelaciones.

En el caso de Joe Smith, el libro de oro, y las piedras preciosas empleadas como lentes para traducirlo, fueron retiradas por el ángel, y no quedó la prueba física que se le dio a él, aunque se proveyó del testimonio de unos cuantos seguidores que dijeron haber llegado a ver dichos objetos.

Aceptando las respectivas versiones de los interesados, la mormona debiera merecer algo más de crédito que la mahometana, por la existencia de algún testimonio ajeno al del propio profeta. Sin embargo el común de las gentes prefiere antes burlarse de la pretensión mormona que de la mahometana (coincidiendo, no por casualidad, con su diferencia de poderío y de actitud amenazadora).

Un cristiano fiel y consecuente no puede aceptar ninguna revelación pública posterior a los testimonios directos de la existencia terrena del Dios Encarnado. El Evangelio nos previene sobre los falsos profetas que vendrían después de El (Mt 24,11-26) y la lógica impide que después del propio Verbo Divino puedan venir profetas a completar o corregir su mensaje.

De ahí que un cristiano, si ante otro tipo de sectarios seudo reformadores debe hablar de extraviados, y discernir de ellos entre soberbios e ignorantes, ante Mahoma y Joe Smith no puede sino calificarlos de falsos profetas, y especular si son enfermos, embaucadores u objeto de seducciones diabólicas. Las dos primeras interpretaciones permiten moverse en un terreno común con los críticos racionalistas, pero sería un error prescindir por principio de una posible intervención preternatural en la aparición de semejantes mensajes ricos y complejos, predicados por hombres no muy cultos, como el de esas dos religiones con tan grandes pretensiones y tamaña capacidad de seducción.

Religión nacional

La condición de religión nacional que poseen tanto el islam como el mormonismo es mucho más importante en su génesis de lo que pueda parecer.

Se ha sugerido que Mahoma, con tal de hacer aceptable su mensaje por los árabes, aceptó consagrar los rasgos fundamentales de su sociedad, conformándose con dulcificarlos.

Desde luego, la primitiva predicación de Mahoma hacía hincapié en que se trataba de una predicación para los árabes, análoga a la de los pueblos circundantes, que habían recibido profetas y escrituras sagradas. Si esto sirvió para satisfacer un sentimiento de inferioridad religiosa, o para salvar la resistencia a recibir una religión del exterior, también Mahoma hubo de esforzarse por asegurar a los mequíes (paisanos suyos) que su posición de centralidad religiosa respecto del resto de Arabia, la cual confería a La Meca su preeminencia, se mantendría con el Islam. La reconversión del culto a la piedra negra de la Kaaba, el volverse en oración hacia La Meca, y el precepto de la peregrinación a la misma, retomando un rito religioso preislámico, fueron fundamentales a la hora de que los ciudadanos de La Meca se entregaran sin lucha a Mahoma y accedieran a convertirse tras haberle combatido ásperamente.

Lo cierto es que los rasgos de religión nacional árabe ya indicados, como el papel insustituible de la lengua arábiga respecto del Corán, son muy perceptibles para el observador externo.

En el caso del mormonismo, todo apunta a que su religión estuvo diseñada de acuerdo a un designio parecido. No sólo resolvía el enigma del origen de los amerindios a la medida de las preocupaciones y conocimientos de los albores del siglo XIX, sino que satisfacía el orgullo de un pueblo construido más como separación de Europa que como prolongación de la misma en lo que hace a su religión y su política, y que, considerándose la tierra prometida, quedaba relegada a una situación de dependencia desde el punto de vista de la Historia Sagrada. Por obra de la aparición del ángel Moroni los Estados Unidos habían sido poblados por pueblos bíblicos y albergados al propio Jesucristo.

Revelación definitiva, mundial... y evolutiva

Sin embargo, mahometanos y mormones, en cuanto obtuvieron algún éxito, modificaron insensiblemente su reivindicación originaria de religión de aire nacional.

Si el Corán árabe era al principio la Revelación de Dios, idéntica a la de otros pueblos pero dirigida a los árabes, luego se convirtió en la única Revelación íntegra, sin deformación, definitiva, y válida y obligatoria –en árabe- para toda la humanidad.

Entre los mormones esto es menos perceptible, pues siguen empleando las escrituras cristianas, pero es patente que ponen todo su énfasis en la difusión por todo el mundo del Libro de Mormón, a cuyas enseñanzas definitivas se atienen, y que vienen a predicarnos incluso al Viejo Continente.

La mudanza denunciada nos debe poner sobre la pista de un aspecto mucho más escandaloso que comparten ambas pretendidas revelaciones, bien que en distintas formas, y es el de su carácter mudable.

En el caso de Mahoma y el Corán es conocido que varias de sus aleyas son contradictorias entre sí. Es el caso de la oración orientada primero hacia Jerusalén y luego hacia La Meca, pero también otras derogaciones fueron hechas en beneficio del profeta transmisor de las mismas (las revelaciones a la medida de los problemas de Mahoma y sus mujeres requieren todo un relato aparte del que disfrutar sosegadamente).

De tal modo es todo ello, que el arcángel Gabriel (o mejor, el propio Dios) se vio obligado a aclarar en varias ocasiones: "Cuando sustituimos una aleya por otra –Dios sabe bien lo que revela- dicen: -«no eres más que un falsario»" (C 16,101) o "Si abrogamos una aleya o provocamos su olvido aportamos otra mejor o semejante" (C 2,106); además de que el mismo Corán confiesa: "Algunas de sus aleyas son unívocas y constituyen la Escritura Matriz, y otras son ambiguas" (C 3,7).

Había sucedido que los oyentes de Mahoma se dieron cuenta de que alguna aleya revelada se le había olvidado, que ciertos preceptos cambiaban, y aun que una vez se equivocó (¡él, profeta de la unicidad de Dios!) invocando a las tres diosas del panteón mecano (víd. C 53,19-20), asunto solucionado con la idea de que tales ‘versículos satánicos’ (por eso recordar el asunto aunque sólo sea de nombre hiere profundamente a los mahometanos) le habían sido dictados por Satanás y no por el arcángel Gabriel.

Con los pasajes citados más arriba se fundamenta la doctrina de la abrogación, fuente de inseguridad en torno a la ley coránica, pues los comentaristas no están de acuerdo en cuántos y cuáles son los versículos afectados, que varían según los autores.

La cuestión es particularmente importante para los cristianos, porque debe saberse que varias de las aleyas favorables a la tolerancia religiosa se consideran abrogadas por otras posteriores relacionadas con la guerra santa. Buena parte de las declaraciones tranquilizadoras que se hacen sobre la tolerancia mahometana para con los no musulmanes está minada por esta cuestión, que debe ser lo más aireada que se pueda para prevenir del engaño.

Muerto Mahoma sin que su sucesor ejerciera ya como profeta, la revelación islámica está cerrada, lo cual no obsta a cuanto hemos dicho: la revelación mahometana fue de hecho mutable hasta su muerte.

Entre los mormones, en cambio, al existir una verdadera sucesión religiosa del fundador, la cuestión se ha resuelto más llanamente, postulando las nociones de revelación continua y canon abierto. De ese modo los mormones pudieron en determinado momento recibir la revelación por la que abrogaron la práctica de la poligamia, o admitir entre su clero, hace muy pocos años, a individuos de raza negra, hasta entonces proscritos.

Son dos maneras diferentes de manifestar que son revelaciones que se pretenden mundiales y definitivas, tras haber aparecido con rasgos de religión nacional, pero presentan demasiados rasgos de oportunismo.

Piedad y moralidad

Seríamos injustos si no viéramos las virtudes presentes en quienes denunciamos. Y también en sus virtudes existe un paralelismo acusado entre musulmanes y mormones.

En los Estados Unidos los mormones pueden ser objeto de burlas, pero de las burlas que se reservan a los ‘tontos’ que se portan bien. En líneas generales (porque también los no católicos están afectados por el Pecado Original y además no tienen sacramentos) los mormones son tenidos por laboriosos, fiables, patriotas, esposos fieles, castos y de costumbres morigeradas (nada de alcohol, tabaco o drogas), y al parecer lo son más que el común de los norteamericanos. Sorprendentemente, además, está bien establecido sociológicamente que la proporción de fieles practicantes de elevada formación intelectual sólo es comparable a la de los judíos.

Y el caso es que de los musulmanes se debe decir otro tanto. Los prejuicios occidentales se unen a las imperfecciones intrínsecas de su código moral comparado con el cristiano o el mormón, pero frente a los paganos o los incrédulos, la honradez musulmana fue en su momento, y en donde existe ese contraste, distintiva.

La clave de todo está en su piedad. Son sectas que toman muy en serio la religión como relación estrecha y frecuente con un Dios que nos llamará a juicio. La moralidad deriva de esta religiosidad que en los musulmanes se expresa sobre todo por la oración y el ramadán, y en los mormones comprende una intensa vida comunitaria, una cierta liturgia y el llamamiento a los jóvenes varones de determinada edad de ir por un tiempo considerable a misionar tierras extranjeras, de cuyo real seguimiento somos testigos los que nos encontramos con las parejas de ‘elder’ de blancas camisas y corbatas por las calles de España como de muchos otros países.

Debe hablarse, por tanto de una sentida y profunda religiosidad, bien que descarriada en su objeto. La patente distinción que en su caso es necesario hacer entre religiosidad auténtica y religión verdadera merece ser objeto de meditación seria. Es evidente que no pueden confundirse. A la postre un cristianismo meramente ‘sincero’, pero no ortodoxo, queda al mismo nivel que mormones o mahometanos, cuando no a uno objetivamente inferior.

Sociedad y política

Finalmente, otras particularidades acercan a mormones y mahometanos en sus prácticas, y son los usos sociales.

La primera coincidencia está en el orden familiar. Si algo le ‘suena’ a cualquiera si se le sugiere comparar a mahometanos y mormones es la poligamia. Pero ni entre unos ni entre otros es, o ha sido, un uso mayoritario. Más profundo es, entre ambos, el énfasis en el matrimonio y el rechazo del celibato por el Reino de Dios. Por lo demás el sentido familiar es muy profundo entre ambos, con especial hincapié teológico en los mormones.

La segunda coincidencia es política. La comunidad religiosa de mahometanos y mormones derivó a constituir una comunidad política.

Los que en La Meca no eran sino unos discípulos de un predicador entre los demás habitantes, al huir a Yatrib (desde entonces Medina) constituyeron una sociedad civil cuyas leyes derivaban de su revelación, en cuyo vértice la autoridad civil y la religiosa se confundían, y que hacía la guerra y la paz soberanamente.

El fenómeno de la Hégira (o huida del profeta y sus seguidores) es bastante similar en el caso de los mormones. En vida de Joe Smith la comunidad se trasladó varias veces, siempre hacia el oeste y a estados de reciente constitución, para realizar a su muerte un éxodo masivo (1846-47), internándose en el Lejano Oeste despoblado para crear un estado propio (Déseret) con Salt Lake City como capital.

Al hablar de las hégiras como fenómeno genérico hay que destacar que, si en algún caso una comunidad católica ha huido colectivamente de una persecución (dos ejemplos extremos: en la época de las invasiones bárbaras se establecieron en España comunidades britanas o norteafricanas -de Tipasa- capitaneadas por sus obispos; en tanto que en 1954 unos 600.000 católicos de Vietnam del Norte huyeron al Sur en el momento de la capitulación francesa), tales éxodos son un fenómeno característico de las sectas, puesto que a la mera huida de la persecución se le confiere en ellas otro matiz de búsqueda de la tierra prometida (entre la hégira y las caravanas mormonas encuentran su lugar perfectamente los ‘padres peregrinos’ del Mayflower).

Donde las comparaciones claudican

Ahora bien, todas las comparaciones claudican en algún aspecto. Y es en el último de los apuntados, la erección de la secta en estado, en el que mahometanos y mormones presentan la mayor diferencia:

Los exilados de La Meca se hicieron dueños de Medina y se fortalecieron contra aquella hasta que se les entregó, para luego completar la unificación de Arabia y capitanear la expansión de los árabes a la conquista del mundo en nombre del islam.

En cambio, la comunidad fugitiva mormona no constituyó su estado de Déseret a las orillas del Lago Salado con voluntad de reconquistar la Unión entera por las armas, sino que procuró que fuera aceptado en la misma, como lo fue bajo el nombre de Utah, no sin reparos, al cabo de cincuenta años (en que no intentaron expansión alguna), una vez renunciaron oficialmente a la poligamia.

Esa diferencia estriba fundamentalmente en la fortaleza del cristianismo con el que se enfrentaron ambas sectas. La Arabia del siglo VII era mayoritariamente pagana, y una imitación cristiana podía ser reconocida por sus gentes como algo superior, y por ello triunfar allí con más facilidad que en la Norteamérica del siglo XIX, de población enteramente bautizada, por dividida o desatendida que estuviera.

En cambio, por ser los mormones cristianos –a su manera- y los mahometanos negar radicalmente la divinidad de Cristo, existe otra diferencia a favor de los primeros: los mahometanos renegaron de todo verdadero sacerdocio, y por eso carecen de una autoridad religiosa establecida; de no ser su credo tan simple, su fragmentación por obra del libre examen sería mucho más aparente, aunque, en cualquier caso existe siempre. Los mormones, en cambio, crearon un ministerio sacerdotal específico, y por eso –en líneas generales- han evitado la fragmentación en subsectas, aunque existan algunas.

Esta última característica merece detenernos en dos consideraciones por su repercusión en el diálogo interreligioso:

- como ha destacado Massimo Introvigne, en los Estados Unidos todas las sectas protestantes han renunciado a considerarse ‘la’ Iglesia de Cristo y se reconocen todas entre sí como ‘denominaciones’; tan sólo los católicos y los mormones se presentan a sí mismos como ‘la’ única y completa Iglesia.

- los mahometanos no tienen ningún tipo de autoridad religiosa central reconocida, y por eso las iniciativas de diálogo con ellos envuelven un engaño y mal pueden ser fructuosas.

Nadie puede hablar en nombre del islam (como nadie podría hablar en nombre del ‘protestantismo’ en su conjunto): cada musulmán puede en un momento dado pasar de un criterio, o escuela, a otro. En la práctica, sólo puede obtener algún resultado alcanzar pactos con la autoridad civil de cada estado musulmán, que, de alguna manera, procura controlar la práctica y predicación religiosa de sus súbditos. Y para gestionar tales acuerdos el papel de los gobernantes cristianos (cuando existan) ha de ser determinante.

El Papa y sus delegados, como cabeza de la jerarquía de una Iglesia humanamente bien estructurada, no puede dialogar, ni en paridad ni con eficacia, con algunos estudiosos coránicos o piadosos predicadores de más o menos seguidores. Los gobernantes cristianos –cuando los volvamos a tener- son los que pueden lograr acuerdos de libertad religiosa para los cristianos de Líbano, Sudán, Egipto, Marruecos, los estados del golfo o Kazajstán, mediante negociaciones bilaterales, en las que cabe emplear con toda naturalidad mecanismos de reciprocidad aplicados con la necesaria energía.

La secta de Mahoma: tan sólo un mormonismo con éxito

Concluyamos. El islam no es más que una secta periférica al cristianismo: la secta de Mahoma, como la nombraban nuestros mayores. En sí misma presenta las suficientes analogías con los mormones para que podamos caracterizarla como un mormonismo antiguo de extraordinario éxito.

Y esta comparación es muy conveniente tenerla presente para impedirnos caer en el error, conducente incluso a complejos de inferioridad, de conferirle una carta de naturaleza más excelente a causa de su éxito humano, y luego, considerada ya como una eximia religión más, ponderarla de nuevo extraordinariamente por su éxito.

¿Por qué hemos de manifestar mayor respeto por Mahoma que por Joe Smith? ¿O por el Corán que por los libros de Mormón? Si nos parece oportuno referirnos a ‘los mormones’ y no a la ‘Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días’ ¿por qué hemos de aceptar la imposición musulmana de que los nombremos Islam –con mayúscula- y vedarnos el término análogo al de mormones –y realmente más apropiado- de mahometanos? ¿Por qué vemos ridículos a los secuaces del ‘profeta’ norteamericano y no a los del ‘profeta’ árabe?

Los interrogantes anteriores se pueden extender a otros aspectos y a otras sectas, pero muestran suficientemente la línea que queremos establecer: la secta de Mahoma nos impresiona como religión porque aceptamos considerarla como tal en vez de como secta.
Ni su antigüedad ni su extensión modifican la naturaleza de la secta mahometana en cuanto tal. Las habituales honrosas referencias al islam no son sino la transposición religiosa de un cínico dicho político: "-La traición nunca triunfa. -¿Por qué? –Porque si triunfa nadie se atreve a llamarla traición". De igual modo, parece que las sectas son y serán siempre pequeñas, porque si sobrepasan cierto tamaño se convierten en respetables religiones, y nadie se atreve a recordar su naturaleza, aun a riesgo de afrontar el debate con ellas desde una posición indebidamente inferior. En el caso del islam, su apelación a la guerra santa hace todavía más peligroso no tratarle con ‘el debido respeto’, reservando las burlas para los islames sin éxito, como el mormonismo, a los que sí se trata de sectas ridículas, aunque no con mayor motivo.

Parece más correcto históricamente, y coincidente con el sensus fidei cristiano, contemplar de qué modo todas las religiones falsas no son sino filosofías, panteísmos, o paganismos politeístas más o menos elaborados (desde el chamanismo al hinduismo) anteriores a Cristo, en tanto que después de Él, las que han aparecido son sectas de influencia o de imitación cristiana, que por eso sorprenden a los incautos con su parecido con la religión verdadera.

Pero debe negarse la providencial convergencia de unas religiones que están próximas a la cristiana y guardan grandes similitudes, sí, pero es por obra de la divergencia propia de una secta nacida por imitación.

El valor de la Fe

La consecuencia más importante de la consideración de la secta mahometana en comparación con la mormona no es ni dialéctica ni apologética, con serlo mucho, sino la reflexión sobre la Fe y la credulidad.

Nunca se debe hablar de fe musulmana –o mormona, o moonista-, sino de creencias, término este subjetivo, en tanto que la Fe, que es única, es don de Dios.

Y la Fe cristiana es una fe razonable que, sin quitarnos el mérito de la adhesión al misterio divino, nos brinda pruebas suficientes de credibilidad y no presenta auténticas contradicciones internas en sus doctrinas, ni de sus preceptos con el orden natural.

Los mahometanos y los mormones son muy coherentes con una verdadera actitud religiosa al atenerse a los preceptos que tienen por divinos; su error estriba en aceptar el origen divino de mensajes que no lo son. Y la ingenuidad extrema con que se acogen supercherías, mejor o peor montadas, no es siempre inocente.

La credulidad ajena a las supersticiones o a los falsos profetas es, por desgracia, demasiado frecuente, y sus resultados en último término –caso sobresaliente el del islam- nada inocuos. Por los hechos se ve que acostumbra a ser masiva.

Debemos valorar más nuestra Fe, don de Dios al que nosotros correspondemos, que es el principio de nuestra salvación; comprender cuan raro y valioso tesoro es; y movernos a comunicarla por los medios oportunos a los que ven sorprendida su buena voluntad por el engaño de los embaucadores, sean contemporáneos o antiguos.

Lo cual no significa que se pueda actuar con simplismo reduccionista, asimilando la situación de los que fueron educados en la secta con la responsabilidad de los que la promovieron (¿e inventaron?) o de aquellos crédulos que la aceptaron inicialmente.

En todo momento hemos hecho reserva sobre la sinceridad de la religiosidad musulmana y mormona. Es por ella que nuestra época, a la que la sinceridad (y a veces la falaz pretensión de tal) le es suficiente, es complaciente con las sectas y no tiene réplica que dar al islam.

Habrá de comenzarse por recordar que la sinceridad no se identifica con la verdad, ni puede sustituirla. Todos hemos de buscar la verdad y a todos se les ha de predicar, porque sólo en ella seremos libres.
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