Entrada destacada

LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, SUS PELIGROS Y ALCANCES

jueves, 19 de junio de 2008

Frente a la democracia relativista

Autor Profesor católico español Ángel Gutiérrez Sanz

No solo las reglas emanadas de una democracia relativista merecen ser puestas en cuestión, también al sistema político que absolutiza lo relativo y relativiza lo absoluto. Un católico se ve en la difícil situación de tener que aceptar unos principios inamovibles como creyente y otros bien distintos como demócrata, de aquí la objeción de conciencia.

Vivimos tiempos de "democracia" que para algunos es tanto como decir que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Por lo general, cada sistema político mientras está vigente, pasa por ser el mejor dentro de la sociedad, en la que ha quedado establecido.

Y una vez que ha logrado imponerse, su mayor preocupación es mantenerse en pie, haciendo creer a la ciudadanía que fuera del sistema “nulla est redentio”.

Para convencer a la buena gente de que esto es así, se pueden utilizar varias estrategias, una de ellas es la manipulación que tan buenos resultados suele dar; pero tarde o temprano la verdad llega a imponerse y todas las miserias cuidadosamente ocultadas acaban saliendo a la luz.

Los sistemas "democráticos" liberales en Occidente son incuestionados e incuestionables; pero ya que hoy se habla tanto de revisión histórica, no estaría mal, echar la vista atrás mirar al pasado y contemplar en escena al gran maestro Sócrates condenado a muerte por un tribunal democrático ateniense, fue una muerte que este hombre de bien asumió con la entereza que siempre le caracterizó. “Ésta fue, nos dice Platón en el Felón, la muerte de nuestro amigo, hombre del que podemos decir que fue el mejor de cuantos en su tiempo conocimos y además el más prudente y el más justo “.

También Jesucristo fue condenado a muerte por una sentencia "democrática", aún más injusta todavía. Pero yo no diría que los pecados y las injustas sentencias los cometen los sistemas, sino el corazón depravado de los hombres

Los sistemas políticos son muchos y muy variados. Nuestro actual sistema liberal-democrático es uno de tantos posibles, que puede ser visto desde diferentes ópticas y sobre el que pueden emitirse juicios diferentes, por supuesto, dogma político no es, aunque por tal se nos quiera imponer, eso sí después de haber roto con todos los dogmas religiosos.

Resulta verdaderamente aberrante que el absoluto democrático haya venido a sustituir al absoluto religioso.

Lo que hoy se pretende es hacer de los valores democráticos un decálogo exclusivo y excluyente.

Tanto se están ponderando las excelencias de nuestra democracia, que pareciera que el simple hecho de su cuestionamiento, fuera ya una intolerable herejía merecedora de mil condenas, cuando lo cierto es que se trata de una realidad relativa, sobre la que se puede e incluso conviene ser críticos.

En la encíclica Pacem in terris en consonancia con las orientaciones políticas de Santo Tomás se nos dice que: “No puede establecerse una norma universal sobre cual sea la forma mejor de gobierno, ni sobre los sistemas más adecuados para el ejercicio de las funciones públicas”, si esto es así los católicos deberíamos ser cautos y analizar las ventajas y los inconvenientes de nuestro actual sistema político, para ver si es el que más conviene.

Debiéramos ser también lo suficientemente valientes para ejercer una crítica responsable aunque sea contra viento y marea. A esto es a lo que yo llamo compromiso sin complejos, tan necesario hoy día.

Después del Concilio Vaticano II los católicos sabemos muy bien que lo mismo que existe una libertad religiosa debiera existir una libertad política, que permitiera a cada ciudadano expresar y defender sus preferencias.

En los periódicos y revistas, en la televisión, en las tertulias de radio, en cualquier medio de comunicación público, sólo se oyen voces a favor del sistema, ninguna voz crítica. Si alguno de los responsables de estos medios públicos osara salirse de su papel de defensor a ultranza de nuestra democracia, sabe muy bien que tendría los minutos contados.

Me pregunto ¿Si hoy estuviera Sócrates o Platón entre nosotros se les invitaría a la televisión para que expusieran las razones que les impidieron ser demócratas?

La sacralización de nuestra democracia ha llegado a tanto, que incluso dentro del entorno católico no se ve con buenos ojos a quien en este asunto intente nadar contra corriente.

Podríamos poner muchos ejemplos. En nuestro recuerdo han quedado grabado el entusiasta recibimiento del advenimiento de la democracia en España por parte de alguno de sus prelados; pero hemos olvidado que también hubo otros como Monseñor Guerra Campos o Monseñor Marcelo González, personas íntegras donde las haya, que no participaron de este mismo entusiasmo, porque preveían lo que iba a suceder y no se equivocaron.

Al final ha sucedido lo que tenía que suceder y mucho me temo que no han tocado fondo los españoles.

Sería oportuno recordar las palabras de Benedicto XVI que dejó escritas en un artículo titulado “Verdad y Libertad", cuando todavía era el cardenal Ratzinger. Aquí están: “La sensación de que la democracia no es la forma correcta de libertad es bastante común y se propaga cada vez más. No es fácil descartar simplemente la crítica marxista de la democracia: ¿en qué medida son libres las elecciones? ¿En qué medida son manipulados los resultados por la propaganda, es decir, por el capital, por un pequeño número de individuos que domina la opinión pública? ¿No existe una nueva oligarquía, que determina lo que es moderno y progresista, lo que un hombre ilustrado debe pensar? Es suficientemente notoria la crueldad de esta oligarquía y su poder de ejecución pública. Cualquiera que interfiera su tarea es un enemigo de la libertad, porque después de todo está obstaculizando la expresión libre de la opinión. ¿Y cómo se llega a tomar decisiones en los órganos representativos? ¿Quién podría seguir creyendo que el bienestar general de la comunidad orienta realmente el proceso de toma de decisiones? ¿Quién podría dudar del poder de ciertos intereses especiales, cuyas manos sucias están a la vista cada vez con mayor frecuencia? Y en general, ¿es realmente el sistema de mayoría y minoría realmente un sistema de libertad? ¿Y no son los grupos de intereses de todo tipo manifiestamente más fuertes que el parlamento, órgano esencial de la representación política? En este enmarañado juego de poderes surge el problema de la ingobernabilidad en forma aún más amenazadora: el predominio de la voluntad de ciertos individuos sobre otros obstaculiza la libertad de la totalidad”.

Naturalmente que un católico ha de estar abierto al pluralismo político, no faltaría más; pero ello no implica que esté obligado a sentirse orgulloso de una constitución atea que no tiene en cuenta los derechos de Dios.

Naturalmente que un católico debe ser respetuoso con la libertad de elección política; pero ello no significa que tenga la obligación de apoyar a un sistema que vaya en contra de sus principios. Nuestro sistema político está siendo lo que cabía esperar de él.

El tiempo ha ido pasando y las previsiones han dado paso a los hechos consumados, los frutos amargos no se han hecho esperar. Ahí están, cualquiera puede verlos: matrimonios rotos, familias deshechas, escuelas en ruinas, sociedad enferma, la identidad de la nación amenazada. ¿Es que cabía esperar otra cosa de un sistema basado en criterios arbitrarios y subjetivistas?

Cuando se abandonan todos los principios absolutos, se olvidan las verdades intemporales, se reniega de los fundamentos últimos del orden jurídico y moral, lo único que nos queda es un relativismo inconsistente que nos hace ir a la deriva.

Esto es lo verdaderamente peligroso. En todos los tiempos se han cometido faltas de ortografía; pero cuando todavía están vigentes las reglas por las que ésta se rige, aún es posible la esperanza. Lo malo es cuando las reglas de ortografía han dejado de existir. Entonces es obligado pensar en lo peor y esto es precisamente algo de lo que está pasando. No nos engañemos, el bienestar exclusivamente material y hedonista en el que nos encontramos tan a gusto no nos salvará. El simple desarrollo material no es garantía de futuro para los hombres y mujeres de esta generación, ni de las próximas.

Los católicos vivimos escandalizados por las prácticas criminales, vergonzosas y aberrantes en nuestra sociedad. Los divorcios y los abortos proliferan cada vez más, la violencia doméstica, las perversiones sexuales adquieren carta de naturaleza, las burlas blasfemas hacia lo sagrado son toleradas, cuando no subvencionadas con el dinero público.

Todo esto es muy lamentable, no digo yo que no. Lo que sucede es que ello es consecuencia de un sistema que ha relativizado lo absoluto y ha absolutizado lo relativo y de este sistema que es precisamente el culpable de lo que está pasando, no decimos nada, lo bendecimos y hasta nos parece bien. No acabo de entenderlo; pero es así.

No nos engañemos, la fe y revelación como fuentes de certezas firmes, las verdades absolutas y universales no tiene lugar en las democracias relativistas, como tampoco lo tiene Dios; pero es conveniente que así sea, se nos dirá, por que de este modo no se hieren sensibilidades de los que no creen en esas cosas y así todos podemos vivir en paz.

Por lo que se ve los creyentes carecemos de sensibilidad y nos da lo mismo una sociedad con Dios o una sociedad sin Dios.

En democracia el que no es relativista es tildado de fanático; pues bien yo confieso que en los tiempos que llevamos de democracia, con los únicos fanáticos con los que me he encontrado son precisamente relativistas. A los otros se les podrá tildar de acomplejados; pero fanáticos...

Estoy dando por supuesto que nuestra actual democracia es relativista.

Fácil es de constatar a poco que la analicemos. Se trata de un sistema que carece de referencias seguras, en el que se habla de libertades civiles pero sin saber muy bien que es y en que consiste la Libertad con mayúscula, de esa Libertad que nos hace dueños de nosotros mismos y de nuestras pasiones, esa Libertad que nadie puede regalar a nadie porque sólo puede ser fruto de la conquista.

Se habla de servir a los hombres y mujeres; pero no se sabe cual es la verdad del Hombre, se habla de ley y del derecho; pero se ignora el último fundamento de los mismos.

El positivismo moral y jurídico sobre el que se sustenta nuestro actual sistema político, compromete incluso su legitimidad al ignorar en ocasiones la Ley Natural.

El presunto Estado de Derecho del que disfrutamos, todo lo hace depender de la ley de las mayorías. El supremo criterio legal y moral es la voluntad de las mayorías. La aritmética todo lo decide, todo lo gobierna; se trata de una regla groseramente pragmática e inconsistente.

Porque el número de votos no puede ser el criterio adecuado para discernir que es lo bueno y lo malo lo justo y lo injusto. ¿No es esto relativismo?

Hemos llegado así a fabricar un supuesto Estado de Derecho que depende de las opiniones y los caprichos humanos, que varían según los tiempos y circunstancias, según las latitudes e intereses, cuando es bien cierto que la verdad y el bien, la justicia y el derecho están por encima de la voluntad de las personas, de las instituciones, de los Estados, lo mismo que la ley natural está por encima de las leyes positivas fabricada por los hombres.

Con esto no estoy diciendo que no se haya de tener en cuenta el sentir mayoritario de los ciudadanos, lo que no me parece bien, es que la opinión mayoritaria sea considerada como criterio único y supremo, sin atender a la naturaleza de las cosas.

La aplicación de la ley de mayorías compromete de tal modo el Estado de Derecho que en realidad habría que llamarle el Estado arbitrario de las mayorías. En consonancia con el magisterio de la Iglesia, los católicos no podemos dejar de proclamar que el fundamento del derecho está por encima de los hombres y de las instituciones, lo mismo que el orden moral está por encima del orden legal y si no lo decimos así estamos creando confusión. La corriente de un positivismo perverso ha venido a invertir los términos, lo que debiera estar arriba está por debajo, así se ha producido la gran paradoja de que quienes debieran ser los medidos se han convertido en medidores.

Esto tarde o temprano ha de traducirse en la quiebra del Estado de Derecho. El relativismo moral y jurídico que está informando nuestra vida cotidiana acabará produciendo una gran desorientación en la ciudadanía. En la situación en la que nos encontramos habría que decir con Erich Fromm: “El hecho de que miles de personas compartan los mismos vicios, no convierte esos vicios en virtudes, el hecho de que compartan muchos errores no convierten estos en verdades”.

Si algo resulta difícil de compaginar es el relativismo con las convicciones firmes de la fe católica. De aquí arranca la objeción de conciencia para aquel católico que quiera mantenerse fiel a sus principios.

¿Como podrá apoyar, colaborar o simplemente participar en un sistema político que se olvida de Dios, que no reconoce verdades y principios básicos e indiscutibles sobre los que se asientan la realidad del hombre, la sociedad y la familia?

¿Cómo puede sentirse a gusto dentro de un Estado en el que las leyes positivas no quedan supeditadas a la ley natural?

Sin duda la democracia relativista ha de representar una seria preocupación para el católico como claramente lo manifestara Juan Pablo II en su encíclica Veritatis spendor donde se nos dice: “Después de la caída del marxismo existe hoy un riesgo no menos grave; la alianza entre democracia y relativismo ético que quita a la convivencia cualquier referencia moral segura”.

Yo al menos como católico ante la actual situación política que se vive, me siento interpelado y creo que no soy el único. Existe una presunción razonable de que éste no es el sistema que los católicos estamos necesitando, por lo que algo habría que hacer o cuando menos expresar nuestro descontento. El hecho de condescender con un sistema político que no respeta los derechos de Dios, ni la ley natural puede que tenga más que ver con la cobardía que con la prudencia.
En mi modesta opinión, la objeción de conciencia de cualquier católico frente a un sistema político manifiestamente relativista, es asunto que merece tenerse en cuenta. Sea como fuere, yo sigo preguntándome ¿Con mi voto, he de seguir haciendo el caldo gordo a un sistema en el que no creo? ¿No habrá llegado ya la hora de buscar, en política, algo mejor que lo que tenemos? Preguntas sólo preguntas. ¿No puede un católico preguntar?
Publicar un comentario