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LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, SUS PELIGROS Y ALCANCES

sábado, 17 de mayo de 2008

Los ataques a la Iglesia católica

El mundo es testigo presencial de cómo a nuestra Iglesia se le ataca por todos los frentes. Las palabras de la Iglesia no valen para los enemigos del catolicismo. ¿Enemigos? Al ingenuo, al que vive en una burbuja intelectual, le costará creer que la Iglesia fundada por Cristo tiene enemigos. Claro, nadie lo dirá explícitamente. Nadie reconocerá abierta y formalmente que quiere destruir a la Iglesia católica, pero las palabras sobran y los hechos son demasiado elocuentes. Veamos:

¿Cómo se ataca a la Iglesia? La respuesta salta a la vista: con la mentira, con la propaganda falsa. Citemos tres botones de muestra:

- La mayoría de la gente cree que Galileo Galilei (1564-1642) murió quemado en la hoguera por el "terrible" Tribunal del Santo Oficio (conocido como inquisición). Sin embargo, pocos saben que este científico murió cómodamente en su cama y asistido espiritualmente por un sacerdote. Galileo nunca renegó de su fe.

- Otros creen que el famoso médico español Miguel de Servet (1511-1553), uno de los padres de la Anatomía moderna, fue otra víctima de la inquisición católica. Pero esto es completamente falso: Servet, un ferviente católico, fue incinerado por la inquisición protestante, concretamente por la instaurada por Calvino (1509-1564) en la ciudad de Ginebra. ¿Inquisición protestante? ¿Existió una inquisición protestante? La verdad es que casi nadie lo sabe, la mayoría de la gente asocia la palabra "inquisición" única y exclusivamente con la Iglesia católica.

- Se habla de las "matanzas" propiciadas por los conquistadores españoles en América y amparadas por la Iglesia católica. ¿Y poco o nada se dice respecto de la conquista anglosajona, apoyada por la Iglesia anglicana? La verdad es que, si se examina bien la historia, se puede concluir que la mayoría de los indios de Sudamérica no murieron en combates militares, sino producto de enfermedades venéreas, del alcoholismo, etc.; y, en todo caso, en muchísima menor cantidad que los de Norteamérica. Los indios del norte, en efecto, no eran bautizados, no eran objeto de evangelización, porque no se les consideraba dignos de ser cristianos; simplemente, se les mataba o esclavizaba. En cambio, a los indios del sur se les bautizaba (en la medida que quisieran), se les preparaba en el catecismo para recibir la Eucaristía, etc. Y, precisamente, tanto se preocupó la monarquía española por el buen trato que debía dársele a estos indios, que se crearon instituciones especiales como el Consejo de Indias, y un prolífico conjunto de normas jurídicas que se llamó "Derecho Indiano". Recuérdese a Bartolomé de Las Casas (1484-1566) y a Francisco de Vitoria (1486-1546), grandes teólogos católicos que abogaron por el respeto a los derechos de los indígenas.

Pero cuando se celebraron los 500 años de la llegada de Colón al nuevo mundo (en 1992) todos los dardos apuntaron a la Iglesia romana. El mundo no celebró la llegada del cristianismo a estas tierras, sino "los graves abusos cometidos por los españoles de la mano de sacerdotes y religiosos".

¿Quienes atacan a la Iglesia católica? Señalemos, entre otros, a los siguientes grupos:

- El Protestantismo

Puede decirse que en la era moderna, los ataques contra nuestra Iglesia comenzaron con el mundo protestante, con la reforma luterana. Los llamados "evangélicos" echaron a rodar la "leyenda negra" de la "sangrienta" conquista española y de la "inhumana" inquisición de Torquemada.

El protestantismo, a diferencia de la Iglesia romana, sostiene que para salvarse, para alcanzar la vida eterna, sólo basta la fe; pero una fe exclusivamente entendida como "sentimiento", como adhesión subjetiva a Cristo.

Esta tendencia religiosa fue la semilla del "relativismo intelectual" al afirmar que cada uno debe "interpretar" la Biblia a su manera, sin pasar por el cedazo del Magisterio Papal, como siempre se creyó. Recordemos que Jesús designó a Pedro como la cabeza de su Iglesia y le dio las llaves del reino de los cielos; citemos este pasaje:

“Y yo te digo que tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto ates en la tierra será atado en la tierra, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mateo 16, 18-19).

Esta cita bíblica revela claramente que Cristo: 1º fundó una Iglesia, 2º que designó un jefe, a Pedro, 3º que le dio las llaves del reino de los cielos, y 4º que le confirió los poderes de atar y desatar; es decir, de enseñar con verdad su mensaje sobre esta tierra.

Y es lógico que el Señor se asegurara de designar a una persona como la encargada de hablar con autoridad sobre lo que Él enseñó mientras recorrió las tierras de Palestina. Y, a mayor abundamiento, podemos decir que Jesús le encomendó a los apóstoles, quienes conformaron el primer colegio episcopal, que enseñaran su doctrina por todo el mundo; en efecto, antes de ascender al cielo les dijo:

"Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo" (Mateo 28, 19-20).

Obviamente, Cristo hace referencia no sólo a los apóstoles en cuanto tales (como personas individuales), sino además a sus sucesores, porque aquellos no podrían vivir "hasta el final del mundo". De ahí la necesidad de que los apóstoles se preocuparan de designar sucesores, de nombrar personas que heredaran los poderes transmitidos por el Señor. El sucesor de Pedro es el Papa y los sucesores de los apóstoles son los obispos.

Las citas bíblicas anteriores son, entre otras, el fundamento teológico del Magisterio Infalible del Papa. ¿Qué quiere decir esto? Significa que cuando el Romano Pontífice enseña sobre un asunto de fe o de moral, apoyándose en el Evangelio de Cristo y hablando como maestro de la Iglesia universal, está exento de error. Por eso, los católicos decimos que el Papa es el Vicario de Cristo en la tierra, es decir, su representante directo. En otras palabras, cuando el Papa habla, es el mismo Cristo el que nos habla. ¿Y cómo se produce esto? Porque el Papa está asistido por el Espíritu Santo. Recordemos que después de la ascensión del Señor al cielo se produce un hecho maravilloso: el día de Pentecostés, en que el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles y ellos comienzan a hablar en varias lenguas, siendo capaces de bautizar a miles de personas pertenecientes a distintos pueblos (Hechos, 2, 1-13).

Si no existiera alguien que expresara con verdad lo que enseñó Cristo, en la práctica no existiría UNA enseñanza de Cristo, sino "muchas". Y "muchas" es lo mismo que ninguna. Y si así fuere, si cada uno -como sostiene el protestantismo- pudiera interpretar la Palabra de Dios a su antojo, no tendría sentido la venida de Cristo a la Tierra. No resulta razonable que el Señor quiera que su mensaje se interprete de diferentes maneras y, en algunos casos, de formas diametralmente opuestas. Cristo se presentó a sí mismo como "el Camino, la Verdad y la Vida" (Juan 14, 6), no dijo que enseñaba un "camino" o una "verdad" para que cada uno los interprete como más le acomode. De ahí la importancia de que los católicos seamos fieles seguidores de las enseñanzas del Santo Padre, porque ellas son el reflejo, en el mundo que nos toca vivir, de la misma doctrina de Nuestro Señor.

Y el protestantismo no ha cesado de atacar a la Iglesia. En Estados Unidos, donde es mayoría, los miembros de esta tendencia religiosa han sido los paladines de organizadas y millonarias denuncias, algunas ciertas y muchas de ellas falsas, contra sacerdotes que han cometido abusos sexuales. Se le ha hecho creer a la opinión pública Norteamérica (y mundial) que la pedofilia es una desviación sexual que sólo se presenta entre sacerdotes católicos y, por consiguiente, nunca entre los ministros de las iglesias evangélicas. Y, lo que es peor, se ha conectado tal perversión con el celibato apostólico, el mismo que fue seguido por Cristo, por San Juan y por el apóstol Pablo; celibato que fue reconocido por el Señor (Mateo 19, 12) y recomendado vivamente por Pablo como una manifestación excelsa de amor y entrega indivisa a Dios (1 Corintios 7, 25-18, 1 Corintios 32-34).

- El Racionalismo

Los libros de historia indefectiblemente enseñan a los niños en el colegio que el siglo XVIII es el "Siglo de las Luces" y que la "Edad Media" es un período de "oscurantismo". Esta es la propaganda racionalista, enemiga de la fe, y que tuvo como sus mentores a Rosseau (1712-1778) y a Voltaire (1694-1778), entre muchos otros.

Los racionalistas creen que la verdad se alcanza sólo con la ayuda de la razón. La fe es una especie de "sabiduría de niños o de ignorantes". La sabiduría debe venir exclusivamente desde el campo de la razón, de la inteligencia. Se señala, con mentira, que la Iglesia es enemiga de la ciencia. Se usa para fundamentar tal aserto el ejemplo de Galileo y de la inquisición (al igual que los protestantes); también acuden con frecuencia al caso de Giordano Bruno (1548-1600).

Señalemos que en la Edad Media la Iglesia católica fundó la universidad. Además, apoyó el desarrollo de la astronomía, de las matemáticas y de las artes. En este período nació el Gótico, uno de los más grandes y maravillosos fenómenos de la historia del arte y de la arquitectura (piénsese en las catedrales). En la Edad Media, por otra parte, surgieron genios de la filosofía como Santo Tomás de Aquino (1225-1274), entre otros.

En el Medioevo la sociedad toda, el mundo civil, giraba en torno a Dios y manifestaba una profunda fe en Jesucristo. La gente común de la Edad Media, hasta el más ignorante, tenía mucha más cultura teológica que el promedio de la población actual. Ahora la gente apenas sabe persignarse y entrar con dignidad a una iglesia (p. ej.: era inconcebible, en esos tiempos, que alguien no hiciera una genuflexión -que doble la rodilla derecha hasta el suelo- ante el Sagrario).

En la Edad Media, en fin, se produjeron grandes avances en materia agrícola, minera y mercantil. Por ejemplo, nació el Derecho Comercial, los bancos, la vida financiera como la conocemos hoy. Sería largo enumerar y explicar las proezas que encierra esta etapa de la historia de la humanidad. No es casualidad que para la mayoría de los historiadores el Medioevo sea uno de los períodos más cautivantes y dignos de ser estudiado. Tampoco lo es que el que es considerado, por muchos, como el más grande escritor del siglo XX, J.R.R. Tolkien (1892-1973), se haya inspirado en dicho período para escribir su obra cumbre. "El Señor de los Anillos".

Lo cierto es que los racionalistas tenían que desprestigiar a la Iglesia a fin de poder imponer sus ideas. Esta escuela de pensamiento sostuvo que el hombre es capaz de conocer plenamente la naturaleza sin necesidad de recurrir a elementos superracionales, como la fe. Proclamó la teoría del "progreso indefinido", según la cual el mundo, gracias a los "gigantescos" avances de la ciencia y de la técnica y sin necesidad de normas religiosas (dogmáticas o morales), llegaría en corto tiempo a construir una "sociedad perfecta", de "hombres felices y buenos", tal como lo fueron en su "estado de naturaleza" (original), antes de que surgiera la propiedad privada y la religión.

Sin embargo, la consabida teoría del "progreso indefinido" no ha sido más que una broma de tiempos pasados: las injusticias sociales del siglo XIX, las dos guerras mundiales del siglo XX, los totalitarismos, la manipulación genética, el aborto, etc., son sólo algunos ejemplos de que el transcurso del tiempo, con su consiguiente avance en el plano técnico, no necesariamente implica un progreso integral para el ser humano.

Esta teoría del "progreso indefinido" encierra, por lo demás, una utopía, la búsqueda de un "paraíso en la tierra". La conquista de una felicidad, prescindiendo de Dios y de la religión, particularmente del credo católico.

Pero los racionalistas no negaron formalmente a Dios, se limitaron a señalar que es imposible saber de su existencia. De este modo, inauguraron una doctrina llamada "agnosticismo" (del griego: "a" que significa sin y "gnosis" que quiere decir conocimiento). El agnosticismo, en efecto, es la escuela filosófica que niega la posibilidad de conocer a Dios. Por lo tanto, el hombre debe vivir lejos de Dios, debe vivir como si Dios no existiera. Esto es lo que Juan Pablo II ha llamado "ateísmo práctico".

Una institución que nació en este contexto de pensamiento fue la Masonería, de cuya historia no hablaremos en este breve espacio, pero que ha propiciado el denominado "laicismo", es decir, una separación o aislamiento de la Iglesia católica de la vida civil. Para la Masonería, la Iglesia católica debe ser excluida del mapa social, los obispos o sacerdotes católicos no pueden inmiscuirse en el ámbito de lo público. Sin embargo, y contradictoriamente, ellos se declaran grandes defensores de la "tolerancia" y del "pluralismo", claro que para defender sus propias posturas, ya que no aceptan que eso mismo lo haga la Iglesia.

El racionalismo y la Masonería fueron los impulsores de la Revolución Francesa, fenómeno que se erigió en defensa de los "derechos del hombre y del ciudadano" y, no obstante ello, es considerado como uno de los más grandes reinos del terror de que se tenga conocimiento en la historia. En este proceso histórico murieron más personas (monárquicos católicos, millares de sacerdotes y obispos) que en los cinco siglos de la inquisición española. Y, sin embargo, en Francia todos los años se celebra este proceso histórico como un ejemplo de democracia y de respeto a los derechos humanos. ¡Que ironía!

El racionalismo sigue, en nuestro tiempo, persiguiendo a la Iglesia católica. Se les niega a los obispos el derecho a expresar sus puntos de vista en el ámbito de lo público. Se habla de "separación Iglesia-Estado", pero separación no es lo mismo que "anulación". Nuestra Iglesia, como cualquier otra entidad, tiene el legítimo derecho de opinar e influir en las decisiones que se toman en la vida social, sobre todo cuando ellas se refieren a aspectos éticos. Lo penoso es que muchos católicos también le niegan esta libertad a su Iglesia.

- El Ateísmo Marxista

La utopía racionalista del "progreso indefinido", que pretendió sustituir la visión cristiana de la Vida Eterna prometida por Nuestro Señor Jesucristo, dio paso a otra herejía en contra de la Iglesia: el comunismo.

Esta doctrina, fundada por Karl Marx (1818-1883), vino a prometer un nuevo "paraíso en la tierra", una "sociedad de hombres iguales y buenos", en la medida en que se sustituyera el régimen capitalista (modelo impulsado por el racionalismo liberal) por un nuevo sistema llamado "socialismo", una visión en que el ser humano, el individuo, pase a ser un engranaje de la maquinaria social. La persona debería estar al servicio de la sociedad, del Estado; y la libertad individual quedar relegada a un último plano. Lo único que importa, bajo esta ideología, es la consecución de una "sociedad igualitaria y justa".

Y también combatió a la religión, particularmente a la católica, porque se consideraba que la fe religiosa era parte de la "infraestructura" social sobre la que se sustentaba el sistema burgués. El hecho de que la gente creyera en Dios y en un más allá haría inviable que se esfuerce por construir un "más acá", "perfecto" y lleno de "felicidad".

El marxismo no negó, como el racionalismo, la posibilidad de conocer a Dios (agnosticismo), sino que negó derechamente su existencia (ateísmo teórico). Combatir la religión fue parte de su "dictadura del proletariado", de su destrucción del "sistema explotador propiciado por el capitalismo". La Iglesia católica se considera, para esta ideología, como cómplice de las injusticias sociales y de las desigualdades entre los hombres.

¿Y que pasó en la práctica? Otra vez se construyó un orden social prescindiendo del Creador. ¿Las consecuencias?: más pobreza, más atraso social, más injusticias, total falta de libertad, y una cantidad enorme (40 millones) de muertos. Los derechos humanos ni siquiera fueron una bandera oficial para los comunistas (a diferencia del racionalismo); los países de la órbita soviética fueron los únicos que se negaron a firmar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por las Naciones Unidas en 1948. ¿Por qué? Porque, para ellos, era una farsa del mundo capitalista. Sólo enarbolaron la bandera de los "derechos humanos" en los países en que pasaron a ser víctimas después de haber sido victimarios. Pero jamás han levantado la voz por las violaciones a los derechos humanos que se han producido en los países regidos bajo su ideología.

Pero el comunismo se cayó sólo. Su economía se construyó sobre bases antinaturales (contrarias a la libertad). Y no pudo impedir que enormes masas de personas siguieran creyendo en Dios y amando a Jesucristo. Ejemplo en este campo es el Papa Juan Pablo II, quien en su Polonia natal dio una fuerte batalla contra el sistema imperante y a favor de la libertad religiosa del pueblo católico.

Los otrora comunistas y socialistas, hoy "renovados", constituyen uno de los grupos que más atacan a la Iglesia católica. Son los principales defensores de la destrucción de la familia por medio de una escalada de leyes: 1º divorcio, 2º aborto, 3º matrimonio homosexual, 4º eutanasia, etc. La idea, ahora, es destruir los valores cristianos desde adentro, socavando la mentalidad cristiana de la sociedad. Ya no se trata de "prohibir" el cristianismo en forma violenta y autoritaria, como lo hiciera el comunismo, sino de provocar en la gente un rechazo a las ideas del Evangelio. El primer paso es la ley de divorcio. Veamos lo que pasa en España o Italia, países tradicionalmente católicos; en esos lugares las iglesias son "piezas de museo", ellas están llenas de turistas tomando fotos, pero no se ve a casi nadie rezando. Las basílicas de Roma ni siquiera tienen bancas y rara vez en ellas se celebran misas.

Un católico consecuente debe ser dócil a las enseñanzas de la Iglesia, obviamente que las debe estudiar y razonar. Pero las debe aceptar, porque tienen (todas ellas, sin excepción) un fundamento bíblico y filosófico. ¿Cuántos católicos leen las encíclicas y documentos del Santo Padre? ¿Cuántos y con qué profundidad estudian el Catecismo? Se enteran de las palabras del Papa "gracias" a periodistas que, la mayoría de las veces, tergiversan y sacan fuera de contexto sus dichos. Pero sí leen, y a veces con gran entusiasmo, libros esotéricos, "orientalistas", de "filosofías" abiertamente anticristianas. Y esto nos lleva a decir algunas palabras sobre una última amenaza para la construcción del Reino de Cristo, amenaza que podemos resumir bajo la denominación de "Nueva Era".

- La "Nueva Era"

Como si el ateísmo marxista no hubiera bastado, ahora nos acechan otras doctrinas que pretenden destruir al cristianismo y especialmente a nuestra Iglesia, doctrinas que en conjunto se pueden llamar "Nueva Era" o "New Age" (en inglés).

La "Nueva Era" sería otro "paraíso en la tierra", el paso de la "Era de Piscis" a la "Era de Acuario". La "Era de Piscis" estaría agotada, representa los 2000 años de cristianismo. Y este largo período debe ser sustituido por una "visión cósmica", que integre "sabidurías" diversas (p. ej.: budismo, teosofía, antroposofía, etc.).

Cabe señalar que el pez fue el símbolo de los primeros cristianos, las catacumbas romanas están llenas de estas señales. Esto por varias razones: 1º Cristo fundó su iglesia sobre la base de un pescador: Pedro, 2º Lo nombró "pescador de hombres" (Mateo, 18-20), 3º La palabra "pez" en griego se escribe "ixtus", sinónimo de Cristo (Jesús es el Pez que nos alimenta), 4º Cristo multiplicaba los peces ( y los panes) para dar de comer a los hambrientos (p. ej.: Mateo 14, 13-21), que somos nosotros desde un punto de vista espiritual.

El "acuario" no es otra cosa que el encierro de este Pez, la anulación de Cristo. ¿Cómo se hace esto? Se promueve la idea de que Cristo no es Dios hecho hombre, como dice la Biblia; no es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad -el Hijo- que se encarna para traernos la Vida Eterna, sino que es un "iniciado", un "gurú", un simple "maestro" espiritual al nivel de Buda o Confucio. Nada más.

Lo que se quiere difundir es que la salvación del hombre no pasa por Cristo, como Él dijo. Recordemos que Él señaló que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Juan 14, 6). Además, el Evangelio expresa explícitamente que Cristo es nuestro redentor; desde el principio del Nuevo Testamento esto se señala con meridiana claridad: por ejemplo, San José, su padre en la tierra, se entera en sueños que el hijo esperado por María "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1, 21). Lo que se enseña en el "New Age", en definitiva, es que el hombre se salva solo, sin necesidad de acudir a Cristo o a un Dios trascendente.

Y otra vez estamos en presencia de una doctrina que prescinde de Cristo y de Dios. Pero ojo: los partidarios de esta doctrina hablan de Cristo, incluso con "admiración" (esto es una estrategia para engañar a los cristianos), y también hablan de Dios. Pero el Cristo del que hablan no es el verdadero, no es el revelado por su Padre en el Evangelio, no es el Hijo de Dios, no es nuestro Redentor. Y el Dios que mencionan no es el Creador del universo, no es un Dios personal (racional) que nos ama; para esta doctrina el universo nunca fue creado por un Ser Superior, jamás tuvo un comienzo de la nada y si lo tuvo fue producto del azar evolutivo. Dios se identifica con el mundo, con la materia, Dios se reduce a una "energía cósmica".

La "Nueva Era" acepta un conjunto de doctrinas claramente contrarias a las enseñanzas de Nuestro Señor (p. ej.: la reencarnación). No tenemos tiempo, ahora, para abordar a fondo este tema. Solamente digamos que la reencarnación se opone, desde varios puntos de vista, a la doctrina cristiana; enumeremos sólo cinco aspectos:

* Identifica a Dios con el mundo, lo que se llama panteísmo (del griego "pan" que significa todo y "teo" que quiere decir Dios), es decir, no considera que el mundo fue creado por Dios "ex nihilo" (de la nada).

* Tiene una concepción del hombre pagana: el cuerpo es una "cárcel" del alma y no estima, como el cristianismo, que entre cuerpo y alma existe una unidad sustancial o indisoluble.

Además, desarrolla una interpretación "curiosa" y bastante superficial, por decir lo menos, de los conceptos de "cuerpo" y "alma": Veamos:

* Cuerpo no es sinónimo de "sustancia sensible", de lo material. Se entiende éste como "fuente de energía", como "principio vital"; así por ejemplo, la Antroposofía, fundada por Rudolf Steiner (1861-1925), habla de "cuerpo astral" para identificar el origen de la vida animal.

Lo anterior es un error craso, puesto que -por definición- lo que da vida a los seres vivos, incluidos los animales, no es el cuerpo, sino el alma; esta palabra viene del latín "anima" que significa "lo que da vida o mueve a los entes vivientes".

* Y el alma es para la Antroposofía el "Karma", la teoría de que nuestra acciones, buenas o malas, determinan nuestra existencia futura, nuestra siguiente y nueva vida, en otro cuerpo "yoístico". ¿Es esto filosofía? ¡Por favor! Esto no es más que charlatanería barata. Aristóteles (384-324 a. C) se debe estar revolcando en su tumba.

* No cree en el más allá, en una vida después de la vida, en el cielo. Nuestro "karma" nos llevará por sucesivas "vidas" hasta que alcancemos un estado de perfección o "nirvana", en el que NO viviremos junto a Dios, sino en un estado de perenne placer extrasensorial SIN Dios. A este respecto no está demás recordar lo que dice San Pablo:

"Está establecido que los hombres mueren una sola vez, y después viene el juicio" (Hebreos 9, 27).

* Niega la doctrina de la resurrección de la carne, proclamada por Cristo y enseñada magistralmente por San Pablo (véase, por ejemplo: 1 Corintios 15, 12-58). Además, Cristo resucitó corporalmente, le mostró sus llagas al incrédulo de Tomás (Juan 20, 26-29).

* No existe la oración desde un "yo" a un "Tú", es decir, no se trata de hablar con Dios, con un Ser Superior y que nos trasciende. Se promueve una "meditación" egocéntrica, una meditación que profundiza en el "yo" interno; se trata de un monologo en vez de un dialogo. Y no se habla con Dios, porque -en el fondo- Dios no existe, ya que éste se identifica con la naturaleza física (panteísmo).

Sobre este tema de la "Nueva Era" podemos hablar mucho rato más. Pero el tiempo apremia. Espero que, con este breve barniz, podamos reflexionar sobre los peligros a que nos vemos enfrentados, tanto como Iglesia como en cuanto personas individuales. Recordemos que Nuestro Señor nos advirtió de la venida de "falsos profetas"; vale la pena citar sus palabras:

"Guardaos de los falsos profetas, que vienen a nosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces" (Mateo 7, 15)

Y, a modo de conclusión, digamos que lo peor y más penoso de todo es que los mismos católicos atacan a su propia Iglesia, éstos son los principales cómplices de todas las doctrinas anteriormente analizadas. El católico consecuente, el que adhiere firmemente al Magisterio Eclesial, es criticado y tachado de "fanático" por otros miembros de la Iglesia.

Muchos católicos también quieren:

1. Un Evangelio interpretado a su manera, como promovió el protestantismo.

2. Una vida guiada sólo por la razón y alejada de Dios, como proclamó el racionalismo.

3. Una sociedad que desprecie a la religión, como la instaurada por el comunismo.

4. Un Dios impersonal, que no interpele, que no hable al oído, que no juzgue mis actos; como enseña la "Nueva Era".

¿Qué actitud debemos tener los católicos frente a todos ataques a Nuestra Madre la Iglesia? Esta puede ser de tres tipos:

1. Indiferencia: Aplicar el consabido "no estoy ni ahí" y vivir "mi metro cuadrado". Es la misma actitud de quienes no reconocieron a Jesús como el Mesías.

2. Fatalismo: Consiste en sentirse incapaz de cambiar la realidad. Es decir, por ejemplo, "la ley de divorcio va a salir igual, para que oponerse tanto". El fatalista es un ser desesperanzado, que se resigna ante la realidad y no lucha por mejorarla.

3. Realismo: Es el justo medio: no dejarse llevar ni por un optimismo ingenuo ni tampoco por un pesimismo fatalista. Este ser humano confía en las capacidades del hombre y lucha por superar las crisis que afectan a la verdad.

Esta última debe ser nuestra actitud: como Moisés no debemos bajar los brazos frente a la oleada de ataques de que es víctima nuestra Iglesia. Debemos defenderla, pero siempre partiendo por nuestra coherencia personal y no cediendo ni un centímetro ante la tentación fácil que nos ofrece el "supermercado espiritual" de nuestros días. Nuestro norte debe ser Jesucristo, el del Evangelio y no el enseñado por supuestos gurús o seudo filósofos. Este es el heroísmo a que nos llama Dios, este puede ser el primer paso para una vida de santidad en este mundo.
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