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LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, SUS PELIGROS Y ALCANCES

miércoles, 16 de abril de 2008

Ética y cambio climático

«El bienestar climático es deseable, pero, en la actualidad, parece que la humanidad tiene problemas más importantes que deberían acaparar su atención y sus recursos»

En 1633 Galileo, con su obra “Diálogos sobre los dos grandes sistemas del mundo”, provocó que se diese un paso decisivo para la utilización del método científico en el conocimiento empírico de la realidad. A lo largo de todo el siglo XVII fue llevándose a cabo la tarea de deslindar los métodos adecuados para hacer ciencia positiva, o metafísica, o teología.

Visto desde nuestra perspectiva, puede llamarnos la atención que hubiese personas inteligentes que no supiesen deslindar unos caminos de otros, y que se produjese esa confusión de saberes. Sin embargo, nosotros, hombres del siglo XXI, no estamos vacunados contra este error.

Todo esto me venía a la cabeza con motivo de lo que estamos viendo con el tema del cambio climático. Parece que hemos olvidado que se trata de una cuestión en la que la primera que tiene que hablar es la ciencia, y no la ideología o los posicionamientos políticos. Por tanto la primera exigencia ética sería confrontar datos científicos, y sacar alguna conclusión, si es posible.

Estos datos se refieren a tres cuestiones fundamentales: en qué dirección está variando el clima, el origen —o las diversas causas de esta variación—, y cuál es la intervención de la actividad humana en esta cuestión. Por ejemplo, sería muy importante aclarar si está cambiando la temperatura debido al incremento del CO2, o si está variando éste, por el cambio de temperatura que está produciendo la actividad solar. No hace mucho tiempo se hicieron afirmaciones muy seguras sobre el «agujero en la capa de ozono», que en la actualidad han sido desacreditadas.

En segundo lugar la ética exige poner de manifiesto aspectos espurios de la cuestión. ¿Qué empresas subvencionan determinados foros o conferencias? ¿Quiénes están haciendo grandes negocios con estas cuestiones? ¿Cuántos proyectos de investigación se ven favorecidos con la sola mención del cambio climático?

En tercer lugar no se debe olvidar del papel del ingenio humano. El clima siempre está variando. Variaciones importantes recientes se han dado en la edad media, y la del siglo XVII. El hombre tiene una gran capacidad de adaptación y de sacar partido de las situaciones más difíciles. No es aceptable sacar en gráficos cuánto podría inundar Holanda la posible subida del nivel del mar, cuando precisamente este país se ha caracterizado por controlar y aprovechar los recursos del mar.

Tampoco parece muy ético difundir con simplismo y exageración datos que no corresponden a la realidad, o que resultan excitantes tan sólo porque asustan. Un periódico publicaba el 4 de enero de 2007: «El 2007 será el año más caluroso desde 1659, batiendo el récord de 1998». Ni el año 1998 fue el más caluroso —en el siglo XX lo fue 1934-, ni 2007 lo ha sido.

Por último se podría mencionar también que no es ética la confusión de valores. El bienestar climático es deseable, pero, en la actualidad, parece que la humanidad tiene problemas más importantes que deberían acaparar su atención y sus recursos. Un problema muy importante es la paz entre las naciones, y dentro de cada una. La paz implica el respeto a la dignidad de las personas. No se puede hablar de respeto a la dignidad si la misma vida humana continúa amenazada —guerra, aborto, terrorismo, violencia—, o se le priva de su libre desarrollo —hambre, paro económico, falta de libertad en la educación—. Ante la vista de las tragedias de masas que se están produciendo en tantas zonas de África —no sólo Darfur-, y el mismo problema de la inmigración, parecen poco serios los saraos climáticos a los que estamos asistiendo.

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El ambiente creado en torno a la cuestión del cambio climático, es un ejemplo adecuado de lo que podríamos llamar «culpabilización universal». Se crea la impresión que respecto a determinado tema todos somos culpables de lo que está ocurriendo. Unos culpables, que lo son con cualquier cosa que hagan: el sólo hecho de respirar ya produce CO2, y por tanto contribuye al desastre. Pero por otra parte no hay forma de dejar de respirar con lo que es imposible quitarse de encima el peso de la culpa.

Paradójicamente se produce una mala conciencia personal que es difusa, y simultáneamente la atribución de la causa del mal a grupos de poder que siempre son distintos de los nuestros. Esta paradoja, reiteradamente difundida por algunos medios de comunicación, puede hacer surgir en la sociedad una sensación general de impotencia y de miedo ante el futuro.

Al mismo tiempo que se da esta culpabilización general, se afirma la no responsabilidad ética de las acciones individuales. Se afirma -contra lo que pone en evidencia la misma realidad-, que el hombre es naturalmente bueno, y que por tanto sus acciones siempre deben calificarse éticamente de buenas. Si en algún momento se viese que no son lo son, habría que buscar el origen de esa mala elección, en la sociedad, en la educación, o en las circunstancias, pero no se podría responsabilizar al individuo, porque, repetimos, es naturalmente bueno.

También habría que tener en cuenta que nuestra sociedad es plural, y eso se interpreta frecuentemente, como que la ética es relativa y depende del deseo o de la voluntad de cada cual. Por tanto cualquier comportamiento personal será bueno, siempre que se haga con libertad.

Este planteamiento, no puede dejar de acudir al Estado como el origen de una cierta moral civil que se expresa mediante el instrumento de las leyes, y admitir como moralmente válido todo lo que no está prohibido por esas mismas leyes.

Todo este plan pierde fácilmente de vista la responsabilidad de las propias acciones ante sí mismo y ante la sociedad. Ser responsables significa deber dar respuesta de todo lo que uno hace. Dar respuesta exige comparar la decisión tomada con lo que es bueno o malo para el propio individuo o para la sociedad. Y hay acciones que son malas o son buenas en sí mismas, independientemente de la diversidad de personas.

Mentir siempre es una acción mala, porque significa mal uso de la capacidad de comunicación, y daña a la sociedad porque destruye los vínculos entre las personas. Dejarse llevar por la apetencia siempre hace daño a los individuos, porque supone invertir el orden de motivación en las personas: el instinto será el que domine la voluntad. Acompañar a una persona doliente siempre será bueno, porque al materializar el amor nos hacer crecer como personas, y construye una sociedad más humana.

Es cierto que hay problemas que deben tener un tratamiento global para resolverlos. Pero pienso que al final la respuesta la tienen que dar personas concretas que deben sentirse responsables de sus decisiones. Si no se ayuda a las personas desde la niñez a que se sientan responsables de su comportamiento, es decir a que se den cuenta de que han sido causa de bienes o de males, para sí y para lo demás, difícilmente asumirán su responsabilidad en asuntos más graves.

La igual dignidad de las personas, y la necesidad de una igualdad de oportunidades para dar sentido a la propia libertad, no deberían ser confundidas con una valoración ética igualitaria, sea cual sea la acción que se lleve a cabo. Debería reconocerse un mérito cuando se obra el bien, y un demérito cuando se obra el mal. Y esto tanto en el ámbito educativo como en el social.
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